viernes, 13 de enero de 2012

Danza y la pregunta por la técnica


“Todo lo aparentemente conocido
se convierte en algo digno de ser
cuestionado es decir, digno de ser
pensado”. Martin Heidegger.


Con el fin de rastrear las diferentes concepciones que el mundo de la danza ha tenido de la técnica a la largo de su desarrollo, me propongo reconstruir su historia tomando como referencia la filosofía de la historia elaborada por Georges Bataille en su trabajo “La noción de gasto”, en base a la contradicción entre soberanía y servidumbre, principio de utilidad y de pérdida.

¿Qué quiere decir Bataille por principio de utilidad y de pérdida?

Dice este autor: “No existe ningún medio correcto que permita definir lo que es útil a los hombres“. Lo que existe es el principio clásico de la utilidad, es decir, de la pretendida utilidad material, que teóricamente tiene como objetivo el placer, pero que sin embargo queda limitado a la adquisición y a la conservación de bienes, de una parte, y a la reproducción y conservación de vidas humanas, por otra. Es decir que, desde esta perspectiva, el placer, tanto si se trata de arte, de vicio tolerado o de juego, queda reducido a una concesión, es decir, a un descanso cuyo papel sería subsidiario. La parte más importante de la vida se considera constituida por la condición de la actividad social productiva. En este sentido, Bataille señala con tristeza que la humanidad consciente continúa siendo menor de edad; admite el derecho de adquirir, de conservar o de consumir racionalmente, pero excluye, en principio, el gasto improductivo.
Así pues, Bataille sostiene que la actividad humana no es enteramente reducible a procesos de producción y conservación, y distingue dos tipos de gasto: el productivo y el improductivo. El primero está representado por los modos de consumición necesarios para la producción y reproducción de la vida, el segundo, por actividades que tienen su fin en sí mismas y en las cuales el énfasis se sitúa en la pérdida, la cual debe ser lo más grande posible para que adquiera su verdadero sentido. Este principio de pérdida, es decir, de gasto incondicional, se manifiesta en diversas actividades, entre ellas: el lujo, la apuesta y el arte.
A partir de esta diferenciación del concepto de gasto, Bataille entiende que todo sujeto que busque ser soberano mediante la adquisición de poder, de saber y de riqueza, devendrá en un sujeto servil, pues dicha soberanía dependerá siempre del reconocimiento del otro. La soberanía auténtica, dice Bataille, no debe confundirse con la posesión de un saber y un poder extremos, pues exige precisamente la pérdida, la donación, la puesta en juego de todo saber y de todo perder, hasta el extremo del no-saber y de la impotencia. En definitiva, el auténtico sujeto soberano es aquél que tiene el poder de perderse así mismo.

Historia de la danza desde Bataille

Bataille distingue tres momentos históricos para distinguir tres tipos de sociedades: de consumación, de empresa y moderna. Esta periodización servirá de guía para realizar la historia filosófica de la danza. El cuarto momento, titulado “Intersticios soberanos”, ha sido agregado én este trabajo para dar cuenta de un giro filosófico que tuvo lugar en el mundo de la danza a partir del siglo XX.

1) Sociedades de consumición

Las raíces del movimiento bailado se encuentran en las sociedades primitivas, donde la danza mimética fue el primer medio de comunicación entre los seres humanos y entre ellos y los dioses. Es decir, la danza tenía para estas sociedades un carácter mágico-religioso. Siguiendo a Bataille, en estas sociedades primitivas - en las que predomina el gasto improductivo - existió un intento de mantener entre servidumbre y soberanía una alternancia cíclica entre el tiempo profano y el sagrado, permitiendo al hombre ser a un tiempo sujeto sometido y soberano. Es decir, la danza era trabajo y juego al mismo tiempo.

2) Sociedades de empresa

Durante la Edad Media, la actitud de la Iglesia Cristiana hacia la danza - en su expresión más libertaria, creativa, colectiva - se caracterizó por un fuerte rechazo, al considerarla como una expresión lasciva del diablo. Al respecto, sostiene Levis Mumford en su libro Técnicas y civilización, que al despreciar el cuerpo, las instituciones de la Iglesia prepararon el camino para el hombre-máquina, en la medida en que el modo de vida de los monasterios - un mundo en el que las tentaciones del cuerpo fueron reducidas al mínimo y en donde el deseo por el orden y la regularidad fue concretizado gracias a la invención del reloj - aun cuando no favoreciera positivamente a la máquina, al menos anuló muchas de las influencias que se oponían a ella. “Al odiar el cuerpo, las gentes ortodoxas de la Edad Media estaban preparadas para violentarlo”, dice Mumford.
En estas sociedades de empresa sostiene Bataille que el excedente es absorbido por las empresas cortesana, militar y/o religiosa. En el caso de la danza, esta fue absorbida por las cortes de Italia y Francia a través del sistema de mecenazgo, con el objetivo de entretener a la aristocracia. Fue el rey Luis XIV de Francia quien promovió en 1661 la fundación de la Academia Real de Danza (antecedente del Ballet de la Ópera de París) y la creación del “ballet de cour” (cuerpo de baile), al mismo tiempo que puso en marcha el proyecto de codificación del ballet. Al respecto, puede decirse que el código de la danza clásica es hermano del libro de Erasmo de Roterdam mencionado en el trabajo de Norbert Elías, El proceso de la Civilización, en la medida en que estableció el modo correcto de bailar.
Así pues, la danza y el cuerpo del bailarín fueron sometidos a un método, a una disciplina, y a un espacio y un tiempo determinados: el teatro y la música clásica. La necesidad de subir a los escenarios supuso el desarrollo de aspectos visuales, como la introducción del en doors, posición corporal que consiste en la rotación de las piernas desde la cadera y su consecuente apertura de pies, tal que los talones se “miran” entre sí. No fue una decisión que respondía a una cuestión anatómica sino que la motivó el ángulo en el que se debían ver los bailarines en el escenario -ya elevado-, y el hecho de poder mostrar los zapatos con tacos de plata que lucían.
En este tipo de sociedades, jerarquizadas en estamentos o clases, la contradicción entre servidumbre y soberanía se resuelve mediante la dependencia funcional entre esclavos y amos, mediación que Bataille llama “soberanía tradicional”, en virtud de la cual lo sagrado - que en la sociedad primitiva tenía un carácter ambivalente- se jerarquiza, dando origen a la concepción dualista del mundo de la que habla Hans Jonas en su obra El principio-vida. Hacia una biología filosófica, entendiéndola como condición de posibilidad del pan mecanicismo.
El divorcio del cuerpo y del alma que establece la concepción dualista es también abordado por David Le Breton en su libro Antropología del cuerpo y modernidad, en el cual señala que desde Descartes, el fundador de la concepción dualista del mundo, el cuerpo está consagrado a la insignificancia. “El hombre de Descartes es un collage en el que conviven un alma que adquiere sentido al pensar y un cuerpo, o más bien una máquina corporal, reductible sólo a su extensión“, dice Le Breton, y agrega que el divorcio también se plantea respecto de la imaginación, considerada como poder de ilusión, fuente de constantes errores. Además, la imaginación es, en apariencia, una actitud inútil e irracional (improductiva, en términos de Bataille), “pecados mayores para el joven pensamiento burgués“.
El pasaje de la danza primitiva a la codificada puede entenderse como un proceso de acortesanamiento, en virtud del cual la danza dejará de ser un juego para convertirse en trabajo, y el degradado cuerpo del bailarín (la tumba del alma) se pondrá al servicio de su mecenas.

3) Sociedad moderna

El proceso civilizatorio de la danza alcanza su momento de maduración en el siglo XVIII, con la emergencia de la danza clásica (danza civilizada en términos de Elías), en la cual se produce el establecimiento progresivo de diferenciaciones funcionales y relaciones de interpedependencia. En este sentido, la danza clásica define categóricamente los distintos roles y funciones que cada bailarín ha de desempeñar en una compañía de ballet. El concepto de panmecanicismo de Jonas es pertinente para establecer una comparación entre las bailarinas del cuerpo de baile -donde la ausencia de vida es la regla y donde lo particular se disuelve en lo general -y las primeras figuras- donde la vida aparece como la enigmática excepción en el seno del ser físico-. Los trabajos Vigilar y castigar y El taller y el cronómetro de Michel Foucault y Benjamín Coriat respectivamente, son útiles para analizar el cuerpo de baile en tanto que producto de una doble operación -reducción funcional del cuerpo pero también inserción de este cuerpo-segmento en todo un conjunto sobre el cual se articula- y en tanto que danza racionalizada que es en sí misma una línea de montaje -combina lo estático de las bailarinas que se inmovilizan mientras bailan las figuras, con el movimiento colectivo homogéneo y regular que emula el de la cinta de montaje y cuya cadencia está marcada por la música clásica-.
Hacia finales del siglo XVIII los bailarines y coreógrafos entienden la necesidad de emanciparse de la aparatosidad de la corte. Pero en su lugar, la danza se pone al servicio de los intereses de la nueva clase hegemónica: la burguesía. Tanto por su racionalismo técnico como por su estructura jerárquica, la danza clásica responde a la mentalidad burguesa, o en palabras de Max Weber, al espíritu capitalista de la época. Tal mentalidad, que concibe al trabajo como un fin en sí y que sostiene una conducta racional y ascética, encontró en el mundo de la danza su realización más adecuada en el ballet, en tanto expresión del proceso de racionalización de la técnica en ese campo artístico, en el que el bailarín fue sometido a la exigencia de convertirse en una máquina de hacer movimientos cada vez más perfectos, exactos, homogéneos.
Lo cierto es que el mundo de la danza clásica es vertical, autoritario y jerárquico.. En las grandes obras el cuerpo de baile tiene por función ser fondo homogéneo de los primeros bailarines, es decir, de las figuras que, siguiendo a Mumford, han ascendido no en términos de clase social sino de grado. Tal como sostiene este autor, la progresiva racionalización técnica de la danza forma parte de todo un complejo social y de una matriz ideológica que permitió hacer de la máquina la nueva religión.
Volviendo a Bataille, en estas sociedades modernas – en las que la Reforma religiosa cuestiona el gasto improductivo de la antigua aristocracia, fomentando la inversión productiva del excedente en la empresa industrial- se abre un abismo insalvable entre lo profano y lo sagrado. El proceso de secularización iniciado desde la reforma protestante produjo como consecuencia no sólo lo que Weber denominó “el desencantamiento del mundo” sino también la santificación del trabajo. Desde entonces, el orden profano de la racionalidad económica y política se separó radicalmente del orden sagrado de la religión. En tales condiciones, dice Bataille, la experiencia de lo sagrado se desplaza de la religión al arte, a un arte que ya no sirve a los mecenas sino que intenta afirmarse a sí mismo. Sin embargo, al buscar prestigio social y ganancia económica por sus creaciones, los artistas las someten al principio de utilidad, convirtiéndose asimismo en siervos. Es decir, la danza ya no depende de un mecenas sino de un mercado y un estado secularizados.
Durante esta misma época, los métodos disciplinarios aplicados a los bailarines desde pequeños se perfeccionan. Los fenómenos de la autodisciplina motorizada por el miedo al ridículo y del autodominio desapasionado analizados por Elías, son tan pertinentes para abordar el análisis del mundo de la danza clásica, como los conceptos de anatomopolítica y panoptismo de Foucault lo son para indagar en el terreno de la formación de los bailarines clásicos.

4) Intersticios soberanos

Durante el siglo XX se produce un giro filosófico en el mundo de la danza a partir de la emergencia de la danza moderna, que supone una ruptura radical con las rígidas normas de la danza clásica. En esta línea se destaca Isadora Duncan, bailarina norteamericana, que promulgó una danza libre de zapatillas, corsets, y que en búsqueda de nuevas formas de expresión artística, estimuló a los bailarines para romper con los cánones establecidos y dejar que el cuerpo se exprese libremente, con los pies desnudos. Los bailarines son aquí concebidos no como meros ejecutores de aquellos movimientos que les han sido impuestos, no como medios del que dispone el coreógrafo para crear una obra, sino como sujetos activos que participan en la creación de la coreografía. Se utiliza el espacio en todas sus variedades y posibilidades y existe música y acompañamiento sonoro variado y diversificado.

En la década de 1960, la técnica clásica radicalizó su propuesta, reivindicando a la danza como un arte autónomo con un lenguaje autorreferencial, encerrándose en si misma y alejándose de su contexto histórico y de la vida cotidiana. Esta posibilidad encontró su punto culminante en el pensamiento del maestro George Balanchine, quien no dudó en prescindir de la historia, los decorados y los vestuarios en pos de la propia coreografía, fin último al que los bailarines se subordinaban, cual objetos del sujeto-obra. Según lo señalado por Le Breton, podría decirse que el maestro Balanchine operó una suerte de inversión del dualismo cartesiano, erigiendo al cuerpo de las bailarinas -ultra-delgadas e inexpresivas- sobre sus capacidades artísticas e imaginativas. Esta repentina pasión por el cuerpo es abordable desde lo que este autor denomina “el segundo momento del avance individualista“: el de la atomización de los sujetos y el de la emergencia de una sensibilidad narcisista, en el que el cuerpo se convierte en el refugio y el valor último.
Paralelamente, aparece una corriente que cuestiona esta exigencia extrema de autonomía - en la que también se había sumergido la técnica moderna - transformándola en una nueva síntesis: la danza contemporánea. Esta técnica amplía el universo de la danza incluyendo en la escena todo tipo de movimientos. Busca dar un baño de arte a la vida ordinaria y de dar la posibilidad de que el lenguaje de la danza no sea el patrimonio de una minoría de cuerpos privilegiados. Retomando el trabajo que John Berger realizó en El tamaño de una bolsa sobre las pinturas de Rembrandt, la danza contemporánea concibe al cuerpo como un espacio en el que habita la conciencia del sí mismo del cuerpo que siente; o como sostiene Jonas, como una dual unidad: el punto en el que la interioridad se trasciende activamente hacia el exterior y se prolonga en el exterior en virtud de sus efectos. Si bien el cuerpo como un objeto que se moldea a gusto, como un doble, un clon perfecto, un alter ego es útil para analizar los cuerpos de las bailarinas de Balanchine, no lo es tanto para dar cuenta del cuerpo de la danza contemporánea, que en busca de la convivencia propia de los años ´60, teje vínculos simbólicos entre el cuerpo y su entorno. En este sentido, cuando Le Breton se refiere a los saberes populares del cuerpo, podría decirse que en el mundo de la danza, tales saberes han sido recuperados por la danza contemporánea. Es allí donde hoy mora el cuerpo perdido del que habla el autor. Pero también es cierto que estos saberes populares sobre el cuerpo conviven con los saberes hegemónicos de la danza clásica radicaliza, que se alimenta del modelo del cuerpo consagrado por la biomedicina.
En este sentido, y adelantándonos un poco en el tiempo, ¿qué podemos decir sobre la danza en la época de su potencial reproductibilidad biotecnológica? Si como dice Paul Rabinow en su texto "Artificialidad e ilustración. De la sociobiología a la biosocialidad”, el genoma humano será reconocido de tal forma que se podrá cambiar, ¿qué efecto tendrá este proyecto en las prácticas sociales y éticas de la danza, un mundo en el que, en un futuro no muy lejano, los bailarines elaborados biotecnológicamente podrán presentarse como una alternativa superior a los bailarines naturales? Así como, desde la perspectiva frankfurtiana, la industria cultural significó para la danza la aparición de los cuerpos de baile y la consecuente eliminación de cualquier forma autónoma de creación de los bailarines, haciendo de ellos un conglomerado homogéneo e indiferenciado, del mismo modo podría decirse que la posibilidad de clonar o de manipular mediante técnicas adeneicas la constitución genética de los mismos, de modo tal de dotarlos de todas aquellas condiciones físicas y habilidades técnicas que hacen a la excelencia de este arte (devenido así en eugenésico), admite la posibilidad de que la danza, en tanto arte que expresa la capacidad del ser humano de imaginar y reconstruir el mundo de manera imprevisible, deje de existir como tal. Si la esencia de la danza es la condición aurática de quienes la ejecutan, del aquí y el ahora de esos cuerpos únicos entregados al arte del movimiento, ¿qué sería de esa esencia si la copia de esos cuerpos se constituyera en una situación de hecho?
Esta pregunta es una pregunta ontológica, una pregunta por la esencia de la técnica de la danza, pues lo que está en juego es el ser mismo del bailarín, tanto del original como de su posible clon: a ambos las biotecnologías les quitan de antemano el derecho a la ignorancia, que según sostiene Jonas en su libro Técnica, ética y medina. Sobre la práctica del principio de responsabilidad , es condición de posibilidad de la libertad.

La pregunta por la esencia de la técnica de la danza

A continuación, un análisis comparativo de la técnica clásica y la de la danza moderna-contemporánea a partir de su esencia, tomando como punto de inflexión el último giro filosófico de los años ´60 y haciendo foco en la técnica de la improvisación. Para una mayor comprensión del siguiente apartado, se recomienda ver los siguientes videos:





Para comprender la distinción entre los dos tipos de técnicas resulta útil acudir a la distinción que realiza Bataille entre la escritura instrumental y la poética: la técnica de la danza clásica, al igual que la escritura instrumental, consiste en un lenguaje racional, codificado, funcional, útil, que se somete a unas reglas fijadas de antemano y que sirve a un fin determinado, la obra. La danza contemporánea, por el contrario, no se subordina a ningún proyecto, tal como sucede en la escritura poética. No busca ser útil ni funcional, no se ajusta a ningún código, permitiendo al bailarín ponerse al desnudo, poner en juego su integridad, confesar no sólo las incertidumbres de su pensamiento sino los temblores de su corazón. La improvisación se mueve en ese punto de ebullición del que habla Bataille, entre el trabajo y el juego, entre la ganancia y la pérdida.

Puede decirse que, en relación a estas dos técnicas, tuvo lugar un proceso de abstracción inverso al desarrollado por Mumford respecto a los modos históricos de concebir el espacio, el tiempo y el movimiento: mientras que la técnica de la danza clásica se inscribe en lo que Mumford describe como el modo de vida propio del monasterio, dado que, tanto en el proceso de formación como en el de profesionalización del bailarín, reina el orden y la disciplina y una concepción mecánica, no sólo del tiempo sino también de la música (el bailarín clásico realiza sus movimientos siguiendo una cuenta racionalizada y metódica de la música, que se limita a ocho tiempos), el modo en que la técnica de la danza moderna-contemporánea concibe estos elementos se aleja de las leyes de composición sistemáticas, de las líneas racionales, de la perfección, la exactitud , que por otro lado son objetivos todos ellos fuertemente buscados por la técnica clásica. La danza moderna-contemporánea se despliega en un diálogo permanente con las regularidades propias del cuerpo humano, sobre todo en las instancias de improvisación y de experimentación, en las que el pulso y la respiración marcan el ritmo. El propio cuerpo es concebido como tal, con sus limitaciones y habilidades, en lugar de forzarlo a realizar movimientos antinaturales y mecánicos para configurar máquinas hiper flexibles y homogéneas, algo así como bailarines autómatas, tal como sucede en la técnica clásica. Por otro lado, la espacialidad dominante del imaginario moderno que, según señala Daniel Cabrera en su artículo “Reflexiones sobre el sin límite tecnológico“, es el arriba y el adelante, es la misma que impera en la danza clásica, donde los bailarines se ubican frente al público, evitando dentro de lo posible darle la espalda, y donde el ideal corporal es lo etéreo. De hecho, las zapatillas de punta no son más que un instrumento técnico que intenta romper con los límites de la gravedad - como una suerte de conquista del espacio aéreo-. La modernidad, y dentro de ella la danza clásica, sólo admite el arriba y el adelante, negando el atrás y el abajo en concordancia con el ideal de progreso propio de la época. Por el contrario, la danza moderna no niega ni oculta esos espacios: al usar el suelo y al despreocuparse por la frontalidad, el abajo y el atrás son elementos disponibles y válidos para la creación artística.

Más allá de estas distinciones, lo cierto es que la danza, en su expresión artística hegemónica, se ha ido volcando progresivamente hacia una racionalización técnica que concibe al bailarín no tanto como un sujeto sino, antes bien, como un objeto. Lo que importa no es el bailarín-sujeto y su potencia creadora, sino el bailarín-objeto y su habilidad para reproducir lo dado. En este sentido, resulta útil recurrir a Murria Bookchin, quien en su libro Ecología de la libertad también distingue técnica clásica y moderna, entendiendo a la primera como libertaria o techné y a la segunda como autoritaria. En el caso de la danza, la conceptualización de una y otra técnica, en principio, operaría en el sentido inverso. Es decir, la técnica clásica de la danza sería autoritaria, y la contemporánea libertaria. Sin embargo, esto no es del todo correcto, pues la danza contemporánea más que libertaria sería, antes bien, una creación técnica suave, intermedia, “un intersticio soberano” que no tiene la potencia suficiente para transformar la danza autoritaria hegemónica en una danza libertaria.

Mumford también utiliza el término autoritario, para referirse al tipo de técnica que implica el riesgo de la eliminación de la personalidad humana, es decir, en el caso de la danza, la muerte del artista, la objetivación del mismo y su aceptación incondicional del propio sistema en sí. En este sentido, en el ejemplo de la bailarina Veronique Doisneau se evidencia la idea de Bookchin de que: “La libertad sigue siendo concebida como la libertad del trabajo, no libertad para trabajar”. En su necesidad de gritar, o de irse del escenario, esta bailarina de la ópera de París expresa lo sujeta que se siente al estar atrapada en esa matriz autoritaria y degradante. Por el contrario, en los bailarines que improvisan en escena puede observarse un sentido activo de la libertad: se trata de una liberación, de una libertad para crear, comunicar, accionar.

Retomando a Bookchin, para alcanzar la técnica libertaria, no sólo la danza contemporánea sino la danza en sus múltiples expresiones, debería recuperar la concepción de la técnica como techné, es decir, síntesis de actividad creativa. Desde esta perspectiva, el proceso laboral es una actividad sensitiva en la cual, sujeto y objeto, el artista y su herramienta, el bailarín y su cuerpo, se reúnen en una nueva síntesis que no puede llamarse producto. El proceso laboral no es un acto de fabricación sino de procreación. Del mismo modo, el bailarín no fabrica productos reproducibles, homogéneos, estandarizados, sino que en comunión con su cuerpo y en diálogo con otros, crea un acto artístico, aurático, irrepetible, especialmente en la improvisación, que se desarrolla en el aquí y ahora. El bailarín-improvisador no se preocupa por el futuro sino por una comunión con el mundo en el que se haya inmerso en ese presente.

En términos de Bataille, podría decirse que durante la improvisación, el bailarín entra en un estado de inconsciencia respecto a la incondicionalidad de la muerte. La satisfacción del deseo se expresa en ese aquí y ahora, sin subordinar su cuerpo presente a un fin funcional. De algún modo, al menos durante este estado particular en el que se pierde a sí mismo, el bailarín recupera la animalidad que la humanidad, mediante el trabajo y la ley, ha negado para sí. Es cierto que hay una parte importante de la vida del bailarín que responde al principio de utilidad: los profesionales trabajan por un sueldo, el cual les permite adquirir los bienes materiales necesarios para la reproducción de las energías del cuerpo. En este sentido, se está haciendo referencia al bailarín desde la concepción marxista del sujeto - un trabajador con necesidades e intereses - y a un tipo de relación social - asociación económica y política de carácter contractual, libremente establecida-. Pero al satisfacer los deseos en el mismo acto de bailar, de improvisar, el bailarín hace de su actividad lo que Bataille llama un fin absoluto. En este sentido, queda evidenciado lo que el autor señala respecto a la relatividad del principio de utilidad, puesto que en el caso del bailarín, las actividades útiles están sometidas al principio de pérdida (y no a la inversa, que es lo hegemónico). Aquí, el fin último de la actividad del bailarín es el gasto improductivo, entendiendo, tal como sostiene Martín Heidegger en su artículo “Lenguaje de tradición y lenguaje técnico“, que “lo inútil, aquello con lo que nada puede hacerse, tiene en sí mismo su grandeza y su poder determinante”. Puede decirse que aquí el bailarín accede a la soberanía auténtica, se convierte en el superhombre del que habla Nietzsche, que danza sin temor y sin piedad en ese proceso de creación artística que se renueva a cada instante en el contexto de una comunidad moral basada en afinidades electivas y afectivas. Pero a diferencia de Nietzsche, la soberanía para Bataille no es voluntad de poder sino de perder. Dice el autor: “Para acceder a la soberanía, hay que entregarse sin reserva y sin demora al incierto movimiento del amor, de la comunicación (festiva, erótica, estética) con el resto de los seres. En pocas palabras, y como ya se mencionó al inicio de este trabajo, para ser soberano hay que perderse a sí mismo. “Si el poder es algo, la soberanía es nada“, dice Bataille. Es por eso que el arte soberano no puede ser utilizado como vía de ascenso en la escala social. Precisamente porque el artista, el bailarín-improvisador, que es capaz de comunicarse con cualquier otro ser humano, porque tiene el valor de desnudarse ante él, es que nunca puede ser alguien. El bailarín soberano no aspira a ser alguien (una primera figura); el bailarín soberano es nadie.

El bailarín-improvisador no sólo realiza, sino que se revela ante él mismo y el mundo. En alguna medida, tal como los esquimales Anvilik mencionados por Bookchin le preguntaban al marfil ¿quién eres? antes de tallarlo, el bailarín se pregunta a sí mismo ¿quién se esconde en ti? Lejos de forzar un movimiento, de buscar la forma bella o la más útil, el bailarín comprometido con la improvisación busca desocultar aquello que se encuentra en lo más profundo de su ser y al mismo tiempo, relacionarse con su entorno, de manera no autoritaria sino libertaria o democrática. O, en términos de Heidegger, no de manera provocante sino producente. Siguiendo a este autor, el bailarín contemporáneo se pregunta por la esencia de la técnica, que no es nada técnico sino un modo de destinarse el ser al hombre y, a la vez, un modo de develar lo que hay. “La técnica no es, pues, simplemente un medio. La técnica es un modo del desocultar”, señala Heidegger en Ciencia y técnica. En este sentido, cuando el bailarín se hace esta pregunta, se está refiriendo a la técnica como techné. Señala el autor: “Como desocultar, no como confeccionar, es la techné un producir”. Cuando el bailarín improvisa, se conoce a sí mismo en el acto de producir, haciendo venir aquí algo que antes no se mostraba en presencia.

La técnica clásica de la danza es también un desocultar. Pero el desocultar imperante aquí no se despliega en un producir sino en un provocar, exigiéndole al cuerpo liberar energías para explotarlas y acumularlas. Esto no quiere decir necesariamente que el bailarín clásico no sea capaz de utilizar la técnica para crear, imaginar, develar. Lo que ocurre es que el bailarín clásico no es formado ni estimulado para que dicha capacidad sea no sólo una posibilidad sino un requisito sine qua non para el devenir ontológico del bailarín. Este develar provocante es, en definitiva, una violencia a la esencia de la técnica, puesto que se mantiene el develar que desoculta pero se lo carga de un sentido violento, fundando el ocultamiento de su esencia. Es decir, la posibilidad de que el bailarín traiga a presencia lo que antes no estaba se pierde en la exacta medida en que deja de preguntarse por el ser, deviniendo la interpelación un conminar provocante. Todo lo esencial se mantiene velado, el ser deviene recurso, ser-reemplazable, tal como sucede con los bailarines-stock que conforman el cuerpo de baile.

Por lo tanto, el develar en cuanto producción conlleva al mismo tiempo el peligro de transformarse en un develar en cuanto provocación. “El peligro no está en la técnica sino en la esencia de la técnica”, sostiene Heidegger. Es decir, el peligro es el apartamiento de la posibilidad de un develamiento más originario y de un experimentar. El peligro es que la danza contemporánea, y especialmente la improvisación (que es el desocultar en su más originaria expresión), termine concibiendo a la técnica como instrumento, con el objetivo de dominarla -como ya sucede en la danza clásica- y deje de preguntarse por su esencia. No obstante, el poderío transformador y destructor está en manos del hombre. “Donde hay peligro crece también lo salvador”, dice Heidegger. Todo depende de una cuestión de voluntad. Por lo tanto, el bailarín, ya sea clásico o contemporáneo, puede dar el sí a la ineludible utilización de la técnica, y puede a la vez decir no en cuanto le plantee exigencias, lo deforme, lo confunda, y por último, lo devaste. Claro que al bailarín clásico le es mucho más difícil decir no, puesto que se haya atravesado por el tecnologismo totalitario del que habla Hector Schmucler en “Apuntes sobre el tecnologismo o la voluntad de no querer” , ideología esta que no admite la voluntad de negación; se enraiza en la pura afirmación del mundo tal cual es.

Al intentar concluir este trabajo, me pregunto por el “para qué” del mismo, y en Heidegger encontramos una posible respuesta. Señala este autor: “Porque la esencia de la técnica no es nada técnico, la reflexión sobre la técnica y la contraposición decisiva con ella, tiene que tener lugar en un ámbito que, de un lado, está emparentado con la esencia de la técnica, y que, de otro, es, sin embargo, fundamentalmente distinto. Tal ámbito es el arte”.

BIBLIOGRAFÍA

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Bookchin, Murria. “Dos imágenes de la tecnología” y “La matriz social de la tecnología” en Ecología de la libertad.
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Rabinow, Paul. “Artificialidad e ilustración. De la sociobiología a la biosocialidad”, en Crazy, Jonathan y Sanford Kwinter (comp.): Incorporaciones. Madrid, Editorial Cátedra, 1996.
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viernes, 18 de noviembre de 2011

Danza y la pregunta por la técnica


“Todo lo aparentemente conocido
se convierte en algo digno de ser
cuestionado es decir, digno de ser
pensado”. Martin Heidegger.



Con el fin de rastrear las diferentes concepciones que el mundo de la danza ha tenido de la técnica a la largo de su desarrollo, me propongo reconstruir su historia tomando como referencia la filosofía de la historia elaborada por Georges Bataille en su trabajo “La noción de gasto”, en base a la contradicción entre soberanía y servidumbre, principio de utilidad y de pérdida.

¿Qué quiere decir Bataille por principio de utilidad y de pérdida?

Dice este autor: “No existe ningún medio correcto que permita definir lo que es útil a los hombres“. Lo que existe es el principio clásico de la utilidad, es decir, de la pretendida utilidad material, que teóricamente tiene como objetivo el placer, pero que sin embargo queda limitado a la adquisición y a la conservación de bienes, de una parte, y a la reproducción y conservación de vidas humanas, por otra. Es decir que, desde esta perspectiva, el placer, tanto si se trata de arte, de vicio tolerado o de juego, queda reducido a una concesión, es decir, a un descanso cuyo papel sería subsidiario. La parte más importante de la vida se considera constituida por la condición de la actividad social productiva. En este sentido, Bataille señala con tristeza que la humanidad consciente continúa siendo menor de edad; admite el derecho de adquirir, de conservar o de consumir racionalmente, pero excluye, en principio, el gasto improductivo.
Así pues, Bataille sostiene que la actividad humana no es enteramente reducible a procesos de producción y conservación, y distingue dos tipos de gasto: el productivo y el improductivo. El primero está representado por los modos de consumición necesarios para la producción y reproducción de la vida, el segundo, por actividades que tienen su fin en sí mismas y en las cuales el énfasis se sitúa en la pérdida, la cual debe ser lo más grande posible para que adquiera su verdadero sentido. Este principio de pérdida, es decir, de gasto incondicional, se manifiesta en diversas actividades, entre ellas: el lujo, la apuesta y el arte.
A partir de esta diferenciación del concepto de gasto, Bataille entiende que todo sujeto que busque ser soberano mediante la adquisición de poder, de saber y de riqueza, devendrá en un sujeto servil, pues dicha soberanía dependerá siempre del reconocimiento del otro. La soberanía auténtica, dice Bataille, no debe confundirse con la posesión de un saber y un poder extremos, pues exige precisamente la pérdida, la donación, la puesta en juego de todo saber y de todo perder, hasta el extremo del no-saber y de la impotencia. En definitiva, el auténtico sujeto soberano es aquél que tiene el poder de perderse así mismo.

Historia de la danza desde Bataille (Para una mayor comprensión del siguiente apartado, se recomienda ver la siguiente edición del video "Veronique Doisneau")

Sociedades de consumición
Las raíces del movimiento bailado se encuentran en las sociedades primitivas, donde la danza mimética fue el primer medio de comunicación entre los seres humanos y entre ellos y los dioses. Es decir, la danza tenía para estas sociedades un carácter mágico-religioso. Siguiendo a Bataille, en estas sociedades primitivas - en las que predomina el gasto improductivo - existió un intento de mantener entre servidumbre y soberanía una alternancia cíclica entre el tiempo profano y el sagrado, permitiendo al hombre ser a un tiempo sujeto sometido y soberano. Es decir, la danza era trabajo y juego al mismo tiempo.

Sociedades de empresa
Durante la Edad Media, la actitud de la Iglesia Cristiana hacia la danza - en su expresión más libertaria, creativa, colectiva - se caracterizó por un fuerte rechazo, al considerarla como una expresión lasciva del diablo. Al respecto, sostiene Levis Mumford que al despreciar el cuerpo, las instituciones de la Iglesia prepararon el camino para el hombre-máquina, en la medida en que el modo de vida de los monasterios - un mundo en el que las tentaciones del cuerpo fueron reducidas al mínimo y en donde el deseo por el orden y la regularidad fue concretizado gracias a la invención del reloj - aun cuando no favoreciera positivamente a la máquina, al menos anuló muchas de las influencias que se oponían a ella. “Al odiar el cuerpo, las gentes ortodoxas de la Edad Media estaban preparadas para violentarlo”, dice Mumford. Así pues, la danza y el cuerpo del bailarín fueron sometidos a un método, a una disciplina, y a un espacio y un tiempo determinados: el teatro y la música clásica. De esta manera, la danza fue absorbida por las cortes de Italia y Francia a través del sistema de mecenazgo, con el objetivo de entretener a la aristocracia. Luis XIV de Francia promovió en 1661 la fundación de la Academia Real de Danza (antecedente del Ballet de la Ópera de París) y la creación del “ballet de cour” (cuerpo de baile), al mismo tiempo que puso en marcha el proyecto de codificación del ballet. Por otro lado, la necesidad de subir a los escenarios supuso el desarrollo de aspectos visuales, como la introducción del en dehors (que consiste en la rotación de las piernas desde la cadera y su consecuente apertura de pies, tal que se “miran” los talones entre sí). No fue una decisión que respondía a una cuestión anatómica sino que la motivó el ángulo en el que se debían ver los bailarines en el escenario -ya elevado-, y el hecho de poder mostrar los zapatos con tacos de plata que lucían. En esta época el ballet se expandió por el resto de Europa, proceso que se enmarca en lo que Bataille llama sociedades jerarquizadas en estamentos o clases – en las que el excedente es absorbido por la empresa militar y/o religiosa -. La contradicción entre servidumbre y soberanía se resuelve mediante la dependencia funcional entre esclavos y amos, mediación que Bataille llama “soberanía tradicional”, en virtud de la cual lo sagrado - que en la sociedad primitiva tenía un carácter ambivalente- se jerarquiza, dando origen a la concepción dualista del mundo. En este contexto, la danza dejará de ser un juego para convertirse en trabajo, y el degradado cuerpo del bailarín se pondrá al servicio de su mecenas. El divorcio del cuerpo y del alma es abordado por David Le Breton en su libro Antropología del cuerpo y modernidad, en el cual señala que desde Descartes, el fundador de la concepción dualista del mundo, el cuerpo está consagrado a la insignificancia. “El hombre de Descartes es un collage en el que conviven un alma que adquiere sentido al pensar y un cuerpo, o más bien una máquina corporal, reductible sólo a su extensión“, dice Le Breton, y agrega que el divorcio también se plantea respecto de la imaginación, considerada como poder de ilusión, fuente de constantes errores. Además, la imaginación es, en apariencia, una actitud inútil e irracional (improductiva, en términos de Bataille), “pecados mayores para el joven pensamiento burgués“. (Me pregunto: ¿cómo es posible bailar sin cuerpo y sin imaginación?)

Sociedad moderna
En las postrimerías del siglo XVIII los bailarines y coreógrafos entienden la necesidad de emanciparse de la aparatosidad de la corte. Sin embargo, la danza se convierte en la plataforma de un nuevo discurso político funcional a la burguesía, ya que su racionalismo técnico y estructura jerárquica responde a la mentalidad de la nueva clase hegemónica, o en palabras de Weber, al espíritu capitalista de la época. Tal mentalidad, que concibe al trabajo como un fin en sí y que sostiene una conducta racional y ascética, encontró en relación a la danza su realización más adecuada en el ballet, en tanto expresión del proceso de racionalización de la técnica en ese campo artístico, en el que el bailarín fue sometido a la exigencia de convertirse en una máquina de hacer movimientos cada vez más perfectos, exactos, homogéneos. Lo cierto es que el mundo de la danza clásica es vertical, autoritario y jerárquico. En las grandes obras el cuerpo de baile tiene por función ser fondo homogéneo de los primeros bailarines, es decir, de las figuras que, siguiendo a Mumford, han ascendido no en términos de clase social sino de grado (prestigio). Tal como sostiene este autor, la progresiva racionalización técnica de la danza forma parte de todo un complejo social y de una matriz ideológica que permitió hacer de la máquina la nueva religión. Volviendo a Bataille, en estas sociedades modernas – en las que la Reforma religiosa cuestiona el gasto improductivo de la antigua aristocracia, fomentando la inversión productiva del excedente en la empresa industrial- se abre un abismo insalvable entre lo profano y lo sagrado. El proceso de secularización iniciado desde la reforma protestante produjo como consecuencia no sólo lo que Max Weber denominó “el desencantamiento del mundo” sino también la santificación del trabajo. Desde entonces, el orden profano de la racionalidad económica y política se separó radicalmente del orden sagrado de la religión. En tales condiciones, dice Bataille, la experiencia de lo sagrado se desplaza de la religión al arte, pero a un arte que ya no sirve a los mecenas sino que intenta afirmarse a sí mismo. Sin embargo, al buscar prestigio social y ganancia económica por sus creaciones, los artistas las someten al principio de utilidad, convirtiéndose asimismo en siervos. Es decir, la danza ya no depende de un mecenas sino de un mercado y un estado secularizados.
Durante esta misma época, los métodos disciplinarios aplicados a los bailarines clásicos desde pequeños se perfeccionan. Los conceptos de anatomopolítica y panoptismo de Michel Foucault son sin duda adecuados para indagar en el terreno de la formación clásica.

Intersticios soberanos
Un nuevo acercamiento a las teorías y prácticas primitivas sobre el arte confluyen a principios del siglo XX. En esta línea se destaca Isadora Duncan, bailarina norteamericana, que promulgó una danza libre de zapatillas, corsets y de coreografía, y que se transformó en uno de los baluartes de la danza moderna. Esta última surgió, pues, como reacción a las rígidas normas técnicas de la danza clásica y como necesidad de búsqueda de nuevas formas de expresión artística. Pretende liberarse de todos los cánones establecidos y dejar que el cuerpo se exprese libremente, con los pies desnudos. Destaca la implicación y la relación intersubjetiva de los bailarines, concebidos no como meros ejecutores de aquellos movimientos que les han sido impuestos, no como medios del que dispone el coreógrafo para crear una obra, sino como sujetos activos que participan en la creación de la coreografía. Se utiliza el espacio en todas sus variedades y posibilidades y existe música y acompañamiento sonoro variado y diversificado. Se establece una relación con el público, no se lo considera como mero espectador, sino que se puede optar por incitar diversos tipos de reacciones o emociones.
En la década de 1960, la técnica clásica radicalizó su propuesta, reivindicando a la danza como un arte autónomo con un lenguaje autorreferencial, encerrándose en si misma y alejándose de su contexto histórico y de la vida cotidiana. Esta posibilidad encontró su punto culminante en el pensamiento del maestro Balanchine, quien no dudó en prescindir de la historia, los decorados y los vestuarios en pos de la propia coreografía, fin último al que los bailarines se subordinaban, cual objetos del sujeto-obra. Era popular su gusto por las bailarinas delgadas y altas y por una estética ascética en cuanto a lo expresivo: son famosas las “cara de nada” de sus bailarines. Según lo señalado por Le Breton, el maestro Balanchine invirtió el dualismo cartesiano, erigiendo al cuerpo de las bailarinas -ultra-delgadas e inexpresivas- sobre sus capacidades artísticas e imaginativas. Esta repentina pasión por el cuerpo es abordable desde lo que este autor denomina “el segundo momento del avance individualista“: el de la atomización de los sujetos y el de la emergencia de una sensibilidad narcisista, en el que el cuerpo se convierte en el refugio y el valor último. Paralelamente, aparece una corriente que cuestiona esta exigencia extrema de autonomía - en la que también se había sumergido la técnica moderna - transformándola en una nueva síntesis: la danza contemporánea. Esta técnica amplía el universo de la danza incluyendo en la escena todo tipo de movimientos. Busca dar un baño de arte a la vida ordinaria y de dar la posibilidad de que el lenguaje de la danza no sea el patrimonio de una minoría de cuerpos privilegiados. Retomando el trabajo que John Berger realizó sobre las pinturas de Rembrandt, la danza contemporánea concibe al cuerpo como un espacio en el que habita la conciencia del sí mismo del cuerpo que siente; o como sostiene Hans Jonas, como una dual unidad: el punto en el que la interioridad se trasciende activamente hacia el exterior y se prolonga en el exterior en virtud de sus efectos. Si bien el cuerpo como un objeto que se moldea a gusto, como un doble, un clon perfecto, un alter ego es útil para analizar los cuerpos de las bailarinas de Balanchine, no lo es tanto para dar cuenta del cuerpo de la danza contemporánea, que en busca de la convivencia propia de los años ´60, teje vínculos simbólicos entre el cuerpo y su entorno. En este sentido, vale destacar la improvisación como un espacio de creación y experimentación en el que los bailarines buscan expresarse libremente, despojarse de lo instituido, en torno a ciertas pautas, pero sin interpretar una coreografía determinada.
En el siguiente apartado me propongo analizar este último giro filosófico que la danza ha experimentado a partir de la emergencia de la danza contemporánea en los años ´60, haciendo foco en la técnica de la improvisación.

La pregunta por la esencia de la técnica de la danza

Respecto de la danza, vale hacer una distinción entre dos tipos de técnicas: la clásica y la contemporánea. Para poder comprenderla, resulta útil acudir a la distinción que realiza Bataille entre la escritura instrumental y la poética: la técnica de la danza clásica, al igual que la escritura instrumental, consiste en un lenguaje racional, codificado, funcional, útil, que se somete a unas reglas fijadas de antemano y que sirve a un fin determinado, la obra. La danza contemporánea, por el contrario, no se subordina a ningún proyecto, tal como sucede en la escritura poética. No busca ser útil ni funcional, no se ajusta a ningún código, permitiendo al bailarín ponerse al desnudo, poner en juego su integridad, confesar no sólo las incertidumbres de su pensamiento sino los temblores de su corazón. La improvisación se mueve en ese punto de ebullición del que habla Bataille, entre el trabajo y el juego, entre la ganancia y la pérdida.
Puede decirse que, en relación a estas dos técnicas, tuvo lugar un proceso de abstracción inverso al desarrollado por Mumford respecto a los modos históricos de concebir el espacio, el tiempo y el movimiento: mientras que la técnica de la danza clásica se inscribe en lo que Mumford describe como el modo de vida propio del monasterio, dado que, tanto en el proceso de formación como en el de profesionalización del bailarín, reina el orden y la disciplina y una concepción mecánica, no sólo del tiempo sino también de la música (el bailarín clásico realiza sus movimientos siguiendo una cuenta racionalizada y metódica de la música, que se limita a ocho tiempos), el modo en que la técnica de la danza contemporánea concibe estos elementos se aleja de las leyes de composición sistemáticas, de las líneas racionales, de la perfección, la exactitud , que por otro lado son objetivos todos ellos fuertemente buscados por la técnica clásica. La danza contemporánea se despliega en un diálogo permanente con las regularidades propias del cuerpo humano, sobre todo en las instancias de improvisación y de experimentación, en las que el pulso y la respiración marcan el ritmo. El propio cuerpo es concebido como tal, con sus limitaciones y habilidades, en lugar de forzarlo a realizar movimientos antinaturales y mecánicos para configurar máquinas hiper flexibles y homogéneas, algo así como bailarines autómatas, tal como sucede en la técnica clásica. Por otro lado, la espacialidad dominante del imaginario moderno que, según Cabrera, es el arriba y el adelante, es el mismo imaginario que impera en la danza clásica, donde los bailarines se ubican frente al público, evitando dentro de lo posible darle la espalda, y donde el ideal corporal es lo etéreo. De hecho, las zapatillas de punta no son más que un instrumento técnico que intenta romper con los límites de la gravedad - como una suerte de conquista del espacio aéreo-. La modernidad, y dentro de ella la danza clásica, niegan el atrás y el abajo. Por el contrario, la danza moderna no niega ni oculta los espacios del atrás y el abajo: al usar el suelo y al despreocuparse por la frontalidad, el abajo y el atrás son elementos disponibles y válidos para la creación artística.
Más allá de estas distinciones, lo cierto es que la danza, en su expresión artística hegemónica, se ha ido volcando progresivamente hacia una racionalización técnica que concibe al bailarín no tanto como un sujeto sino, antes bien, como un objeto. Lo que importa no es el bailarín-sujeto y su potencia creadora, sino el bailarín-objeto y su habilidad para reproducir lo dado. En este sentido, resulta útil recurrir a Murria Bookchin, quien también distingue técnica clásica y moderna, entendiendo a la primera como libertaria o techné y a la segunda como autoritaria. En el caso de la danza, la conceptualización de una y otra técnica, en principio, operaría en el sentido inverso. Es decir, la técnica clásica de la danza sería autoritaria, y la contemporánea libertaria. Sin embargo, esto no es del todo correcto, pues la danza contemporánea más que libertaria sería, antes bien, una creación técnica suave, intermedia, “un intersticio soberano” que no tiene la potencia suficiente para transformar la danza autoritaria hegemónica en una danza libertaria.
Mumford también utiliza el término autoritario, para referirse al tipo de técnica que implica el riesgo de la eliminación de la personalidad humana, es decir, en el caso de la danza, la muerte del artista, la objetivación del mismo y su aceptación incondicional del propio sistema en sí. En este sentido, en el ejemplo de la bailarina Veronique Doisneau se evidencia la idea de Bookchin de que: “La libertad sigue siendo concebida como la libertad del trabajo, no libertad para trabajar”. En su necesidad de gritar, o de irse del escenario, esta bailarina de la ópera de París expresa lo sujeta que se siente al estar atrapada en esa matriz autoritaria y degradante. Por el contrario, en los bailarines que improvisan en escena puede observarse un sentido activo de la libertad: se trata de una liberación, de una libertad para crear, comunicar, accionar.
Retomando a Bookchin, para alcanzar la técnica libertaria, no sólo la danza contemporánea sino la danza en sus múltiples expresiones, debería recuperar la concepción de la técnica como techné, es decir, síntesis de actividad creativa. Desde esta perspectiva, el proceso laboral es una actividad sensitiva en la cual, sujeto y objeto, el artista y su herramienta, el bailarín y su cuerpo, se reúnen en una nueva síntesis que no puede llamarse producto. El proceso laboral no es un acto de fabricación sino de procreación. Del mismo modo, el bailarín no fabrica productos reproducibles, homogéneos, estandarizados, sino que en comunión con su cuerpo y en diálogo con otros, crea un acto artístico, aurático, irrepetible, especialmente en la improvisación, que se desarrolla en el aquí y ahora. El bailarín-improvisador no se preocupa por el futuro sino por una comunión con el mundo en el que se haya inmerso en ese presente. En términos de Bataille, podría decirse que durante la improvisación, el bailarín entra en un estado de inconsciencia respecto a la incondicionalidad de la muerte. La satisfacción del deseo se expresa en ese aquí y ahora, sin subordinar su cuerpo presente a un fin funcional. De algún modo, al menos durante este estado particular en el que se pierde a sí mismo, el bailarín recupera la animalidad que la humanidad, mediante el trabajo y la ley, ha negado para sí. Es cierto que hay una parte importante de la vida del bailarín que responde al principio de utilidad: los profesionales trabajan por un sueldo, el cual les permite adquirir los bienes materiales necesarios para la reproducción de las energías del cuerpo. En este sentido, se está haciendo referencia al bailarín desde la concepción marxista del sujeto - un trabajador con necesidades e intereses - y a un tipo de relación social - asociación económica y política de carácter contractual, libremente establecida-. Pero al satisfacer los deseos en el mismo acto de bailar, de improvisar, el bailarín hace de su actividad lo que Bataille llama un fin absoluto. En este sentido, queda evidenciado lo que el autor señala respecto a la relatividad del principio de utilidad, puesto que en el caso del bailarín, las actividades útiles están sometidas al principio de pérdida (y no a la inversa, que es lo hegemónico). Aquí, el fin último de la actividad del bailarín es el gasto improductivo, entendiendo, en términos de Martín Heidegger, que “lo inútil, aquello con lo que nada puede hacerse, tiene en sí mismo su grandeza y su poder determinante”. Puede decirse que aquí el bailarín accede a la soberanía auténtica, se convierte en el superhombre del que habla Nietzsche, que danza sin temor y sin piedad en ese proceso de creación artística que se renueva a cada instante en el contexto de una comunidad moral basada en afinidades electivas y afectivas. Pero a diferencia de Nietzsche, la soberanía para Bataille no es voluntad de poder sino de perder. Dice el autor: “Para acceder a la soberanía, hay que entregarse sin reserva y sin demora al incierto movimiento del amor, de la comunicación (festiva, erótica, estética) con el resto de los seres. En pocas palabras, y como ya se mencionó al inicio de este trabajo, para ser soberano hay que perderse a sí mismo. “Si el poder es algo, la soberanía es nada“, dice Bataille. Es por eso que el arte soberano no puede ser utilizado como vía de ascenso en la escala social. Precisamente porque el artista, el bailarín-improvisador, que es capaz de comunicarse con cualquier otro ser humano, porque tiene el valor de desnudarse ante él, es que nunca puede ser alguien. El bailarín soberano no aspira a ser alguien (una primera figura); el bailarín soberano es nadie.
El bailarín-improvisador no sólo realiza, sino que se revela ante él mismo y el mundo. En alguna medida, tal como los esquimales Anvilik le preguntaban al marfil ¿quién eres? antes de tallarlo, el bailarín se pregunta a sí mismo ¿quién se esconde en ti? Lejos de forzar un movimiento, de buscar la forma bella o la más útil, el bailarín comprometido con la improvisación busca desocultar aquello que se encuentra en lo más profundo de su ser y al mismo tiempo, relacionarse con su entorno, de manera no autoritaria sino libertaria o democrática. O, en términos de Heidegger, no de manera provocante sino producente. Siguiendo a este autor, el bailarín contemporáneo se pregunta por la esencia de la técnica, que no es nada técnico sino un modo de destinarse el ser al hombre y, a la vez, un modo de develar lo que hay. “La técnica no es, pues, simplemente un medio. La técnica es un modo del desocultar”, señala Heidegger. En este sentido, cuando el bailarín se hace esta pregunta, se está refiriendo a la técnica como techné. Señala el autor: “Como desocultar, no como confeccionar, es la techné un producir”. Cuando el bailarín improvisa, se conoce a sí mismo en el acto de producir, haciendo venir aquí algo que antes no se mostraba en presencia.
La técnica clásica de la danza es también un desocultar. Pero el desocultar imperante aquí no se despliega en un producir sino en un provocar, exigiéndole al cuerpo liberar energías para explotarlas y acumularlas. No quiero decir con todo esto que el bailarín clásico no sea capaz de utilizar la técnica para crear, imaginar, develar. Lo que quiero decir es que el bailarín clásico no es formado ni estimulado para que dicha capacidad sea no sólo una posibilidad sino un requisito sine qua non para el devenir ontológico del bailarín. Este develar provocante es, en definitiva, una violencia a la esencia de la técnica, puesto que se mantiene el develar que desoculta pero se lo carga de un sentido violento, fundando el ocultamiento de su esencia. Es decir, la posibilidad de que el bailarín traiga a presencia lo que antes no estaba se pierde en la exacta medida en que deja de preguntarse por el ser, deviniendo la interpelación un conminar provocante. Todo lo esencial se mantiene velado, el ser deviene recurso, ser-reemplazable, tal como sucede con los bailarines-stock que conforman el cuerpo de baile.
Por lo tanto, el develar en cuanto producción conlleva al mismo tiempo el peligro de transformarse en un develar en cuanto provocación. “El peligro no está en la técnica sino en la esencia de la técnica”, sostiene Heidegger. Es decir, el peligro es el apartamiento de la posibilidad de un develamiento más originario y de un experimentar. El peligro es que la danza contemporánea, y especialmente la improvisación (que es el desocultar en su más originaria expresión), termine concibiendo a la técnica como instrumento, con el objetivo de dominarla -como ya sucede en la danza clásica- y deje de preguntarse por su esencia. No obstante, el poderío transformador y destructor está en manos del hombre. “Donde hay peligro crece también lo salvador”, dice Heidegger. Todo depende de una cuestión de voluntad. Por lo tanto, el bailarín, ya sea clásico o contemporáneo, puede dar el sí a la ineludible utilización de la técnica, y puede a la vez decir no en cuanto le plantee exigencias, lo deforme, lo confunda, y por último, lo devaste. Claro que al bailarín clásico le es mucho más difícil decir no, puesto que se haya atravesado por el tecnologismo totalitario del que habla Hector Schmucler, ideología esta que no admite la voluntad de negación; se enraiza en la pura afirmación del mundo tal cual es.
Al intentar concluir este trabajo, me pregunto por el “para qué” del mismo, y en Heidegger encontramos una posible respuesta. Señala este autor: “Porque la esencia de la técnica no es nada técnico, la reflexión sobre la técnica y la contraposición decisiva con ella, tiene que tener lugar en un ámbito que, de un lado, está emparentado con la esencia de la técnica, y que, de otro, es, sin embargo, fundamentalmente distinto. Tal ámbito es el arte”.

BIBLIOGRAFÍA

  • Bataille, Georges en“La noción de gasto”, en La parte maldita. Barcelona, Editorial Icaria, 1987.
  • Bookchin, Murria. “Dos imágenes de la tecnología” y “La matriz social de la tecnología” en Ecología de la libertad.
  • Campillo, Antonio “El amor de un ser mortal”, en Georges Bataille: Lo que entiendo por soberanía Barcelona, Ed. Paidós, 1996.
  • Carlés, Ana Abad. Historia del ballet y de la danza moderna, Alianza Editorial, Madrid, 2004.
  • Del Barco, Oscar. “Heidegger y el misterio de la técnica”, en El abandono de las palabras. Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, 1994.
  • Heidegger, Martin. “La pregunta por la técnica” en Ciencia y técnica. Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1983, y “Lenguaje de tradición y lenguaje técnico”, en revista Artefacto nº1. Buenos Aires, diciembre de 1996.
  • Mumford, Levis; “Preparación cultural”, en Técnicas y civilización, y “Técnicas autoritarias y democráticas” en Revista Anthropos nº14
  • Schmucler, Héctor. “Apuntes sobre el tecnologismo o la voluntad de no querer”, en Revista Artefacto Nº1, Buenos Aires, diciembre de 1996
  • Soler, Francisco. “Prólogo”, en Martin Heidegger: Ciencia y técnica. Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1983
  • Weber, Max. “El espíritu del capitalismo” y otros fragmentos, en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Barcelona, Editorial Península, 1999.
  • Berger, John: “Rembrandt y el cuerpo” en El tamaño de una bolsa. Buenos Aires, Editorial Taurus, 2004.
  • Jonas, Hans: “El problema de la vida y del cuerpo en la doctrina del ser” en El principio-vida. Hacia una biología filosófica. Madrid, Editorial Trotta, 2000.
  • Le Breton, David: “Capítulos 3, 4 y 8”, en Antropología del cuerpo y modernidad. Editorial Nueva Visión, Buenos Aires, 2002.
  • Foucault, Michel: “Los cuerpos dóciles”y “El panoptismo” en Vigilar y castigar. México, Siglo XXI Editores, VVEE.

miércoles, 25 de mayo de 2011

CNDC y la reivindicación del imaginario marcusiano

La relevancia de la participación/implicación de los actores en los procesos de cambio planificados




Introducción

Las crisis son momentos privilegiados para generar cambios en el espacio público, pues permiten poner en cuestionamiento las formas existentes e imaginar escenarios alternativos y deseados. Si entendemos que el futuro no está determinado sino que es determinable de múltiples maneras, la imaginación cumple entonces un rol fundamental en tanto que condición de posibilidad. Sin embargo, no basta con la imaginación para generar el cambio, pues este no se produce por sí mismo ni por decisión de un sujeto singular. Los cambios sociales requieren de un fuerte compromiso y de una voluntad política que ha de ser compartida por un grupo de personas dispuestas a poner en juego su libertad para luchar e incidir en pos de mejores condiciones de vida. Para ello, es necesario contar con la participación de todos y cada uno de los que conforman lo que Francisco José Mojica define como actor social: un grupo humano que se une para defender sus intereses y que obra utilizando el grado de poder que cada uno puede ejercer. Pero aún así, la imaginación y la participación de los actores sociales no son suficientes para garantizar la consumación del cambio. Resulta además indispensable una mirada reflexiva y multidimensional que pueda dar cuenta de la complejidad de los procesos y de las prácticas sociales, de la dimensión del poder siempre presente en las relaciones sociales, para poder así ofrecer respuestas y caminos que, con mayor probabilidad, acercarán a los actores a sus futuros deseados. En este sentido, la prospectiva estratégica resulta adecuada para planificar el accionar de estos actores comprometidos con el cambio, pues se trata de un enfoque metodológico que busca aumentar las posibilidades de concretar el futuro deseable, recurriendo para ello al aporte de los saberes y voluntades de los mismos. Y esto es fundamental en momentos de crisis, donde los actores tienden a angustiarse por la incertidumbre que el futuro les genera y necesitan muchas veces de una suerte de señal para no bajar los brazos. La prospectiva no adivina el futuro, pero reduce las angustias e incertidumbre a partir de métodos y técnicas científicas que permiten construir el futuro como un espacio de libertad, poder y voluntad. Tal es así que Gabiña llama a la prospectiva “la ciencia de la esperanza”.

El objetivo de este trabajo es demostrar la importancia de:

· la imaginación como condición de posibilidad de todo cambio;
· la participación de los actores sociales en los procesos de cambio; y
· del enfoque prospectivo estratégico para planificarlos.

Para ello, presentaré a modo de ejemplo el caso de la Compañía Nacional de Danza Contemporánea (CNDC), cuya conformación fue posible gracias a la conjunción de estos tres factores: imaginación, participación y actitud prospectiva y estratégica para planificar sus acciones.

Crisis, lucha, ruptura y cambio: génesis de la CNDC

En 1977, en plena dictadura militar, se creó “de palabra” el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín (BCTSM). El carácter de única compañía, subvencionada por el estado y dedicada a la técnica contemporánea, la transformó desde entonces en objeto de anhelo de todas las generaciones de bailarines contemporáneos. Esta circunstancia ha sido conocida y aprovechada por cada dirección que tuvo a su cargo la dirección del ballet, gestionándola de forma discriminatoria y abusiva, usando y descartando a voluntad el elemento humano y artístico de sus integrantes, quienes debieron someterse a pésimas condiciones laborales, con contratos precarios e inestables, sin ningún tipo de protección en materia laboral. Esto fue posible porque las bases en las cuales fue creado ese ballet se mantuvieron vigentes desde sus inicios, sin modificación alguna, a pesar de que la realidad del país ha cambiado de manera fundamental.
Las condiciones precarias a las que estuvieron históricamente sometidos los bailarines del BCTSM se hicieron evidentes en Noviembre de 2007, cuando nueve de ellos sufrieron graves accidentes laborales, algunos de los cuales requirieron intervención quirúrgica que fueron costeadas por los propios trabajadores afectados. Esta situación generó una fuerte toma de conciencia de la necesidad de un cambio, por lo que todos los integrantes del Ballet Contemporáneo decidieron salir a bailar a la calle para reclamar por sus derechos y pedir legalidad para la institución que llevaba 30 años de existencia, sin que hubiera ninguna ley o decreto de creación.
Luego de estos sucesos, siete de los mejores artistas de la compañía fueron despedidos por decisión de las autoridades, por ser los que más se habían expuesto durante el conflicto dado que eran delegados y miembros de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). Meses después, otros dos bailarines fueron también echados por el apoyo que demostraron tener por sus ex compañeros. Desempleados y carentes del apoyo de la mayoría de sus compañeros, que por miedo a represalias retrocedieron en sus reclamos, cinco de esos nueve bailarines decidieron seguir juntos el camino para completar su desarrollo como artistas profesionales y preservar su intangible patrimonio: la dinámica grupal que adquirieron tras diez años de trabajo conjunto. Con esta motivación decidieron crear el grupo de danza independiente “Nuevos Rumbos”, cuyos objetivos, perspectiva ideológica y postura política fue expresada a través de un informe publicado en su blog: “Es tarea imposible pretender ejercer un arte que es sinónimo de libertad y comunicación en un espacio que desde sus orígenes tiene una raíz tiránica y represiva. Es necesario un nuevo espacio de todos y para todos, que no se circunscriba a la cultura de una ciudad y que tenga alcance realmente federal. Que esté lejos de cualquier sistema dictatorial y que tenga sus orígenes en la democracia para que sea referente y propagador de ella a través de una compañía fundamentada en los valores de la nueva concepción de país, con una fuerte identidad democrática, que sirva para evocar y mantener presente, a través de la danza, la memoria de los hechos que nos marcaron”. Tiempo después se sumó a "Nuevos Rumbos" otra compañera del BCTSM, quien decidió, junto a otros bailarines que habían mantenido la lucha desde dentro del Ballet, renunciar a su trabajo para redoblar su apuesta por una causa que trascendía su interés individual. El 19 de Diciembre de 2008 la Secretaría de Cultura de Presidencia de la Nación Argentina, observando su trayectoria artística individual y desempeño grupal, valorando los resultados obtenidos con su dirección colegiada y destacando los objetivos iniciales que como grupo humano tuvieron, decidió contratar a los seis artistas de "Nuevos Rumbos" para integrar e iniciar la Compañía Nacional de Danza Contemporánea (CNDC). La misma cuenta hoy con 16 bailarines que gozan de las condiciones laborales necesarias para ejercer su profesión y con un repertorio propio, creado por coreógrafos nacionales y por los mismos integrantes, que busca reflejar la realidad en diálogo con la sociedad, cubrir las necesidades culturales del “aquí y ahora” e innovar las formas de expresar nuestra identidad nacional contemporánea. Con una concepción de la danza comprometida con las problemáticas sociales y la necesidad de cambio, la CNDC desarrolla actividades para desarrollar la función social que consideran ser responsables, dictando talleres gratuitos y realizando funciones en cárceles y fabricas recuperadas.


La imaginación como condición de posibilidad

La CNDC es resultado de una crisis que colaboró con la identificación y concientización de determinadas problemáticas compartidas por sujetos que, organizados y comprometidos con la necesidad de un cambio en sus condiciones materiales de existencia, imaginaron un futuro mejor y actuaron estratégicamente y planificadamente para alcanzarlo. En este sentido, la CNDC no hubiese sido posible de no haber contado con el compromiso de sus integrantes fundadores, quienes lograron atravesar y superar un período de profunda crisis personal y profesional gracias al apoyo y trabajo en conjunto, pero sobretodo, gracias a que compartían un horizonte de expectativas y deseos en común: construir un ambiente de trabajo democrático donde poder expresarse libremente como profesionales comprometidos con lo social, bajo condiciones respetables y justas. Uranga llama a este deseo compartido futurible: escenarios futuros que, a partir del presente, resultan no sólo imaginables sino plausibles a partir de los elementos de análisis que ofrece el enfoque prospectivo.

La participación como voluntad de ser e incidir

El futurible arriba mencionado fue el motor que les permitió a estos seis bailarines tomar decisiones y sortear los diferentes obstáculos que se presentaban a medida que iban avanzando hacia sus objetivos, negociando y adaptándose a determinadas circunstancias imprevistas, pero nunca perdiendo el rumbo, la dirección determinada por ese deseo y esa voluntad de ser y de incidir de la que habla Uranga en su texto “Prospectiva estratégica desde la comunicación”. Sostiene el autor que todo sujeto se afianza y consolida como actor social en el espacio social a partir de su voluntad de ser - entendida como la búsqueda de la afirmación de la identidad propia de todo sujeto desde su individualidad pero también en cuanto partícipe de lo social - y su voluntad de incidir – el deseo de ejercer influencia sobre otros sujetos, sobre el modo de entender la existencia colectiva y, en consecuencia, sobre los modos de gestionar lo social -. En este sentido, los bailarines que decidieron visibilizar el conflicto interno de la BCTSM a través de una presentación artística en la calle, asumieron un rol de liderazgo, y cuando decidieron organizarse y formar su propia compañía, aspiraron a convertirse en paradigma de sus compañeros y de los bailarines en general.

La prospectiva como actitud mental para la acción

Desde el sentido común suele decirse que es muy fácil hablar con el periódico del lunes, frase que hace referencia a la imposibilidad de predecir el futuro y, por lo tanto, a la carácter azaroso que supone cualquier toma de decisión. Sin embargo, quienes sostienen una perspectiva prospectiva, si bien no tienen frente a sus ojos el diario de futuro, sí pueden anticiparlo a partir de métodos y técnicas adecuadas.
Sostiene Merello que la prospectiva, lejos de ser una ciencia o una mera utopía, es ante todo una actitud mental, que partiendo de la idea de que el futuro está abierto, primero anticipa la configuración de un futuro deseable, luego, desde ese futuro imaginado reflexiona sobre el presente con el fin de insertarse mejor en la situación real, para así poder actuar eficazmente y orientar nuestro desenvolvimiento hacia ese futuro objetivado como deseable. El pasado tiene aquí valor en la medida en que se articula con el futuro. Sostiene Matus que para poder enfrentar lo imprevisto con velocidad y eficacia, es necesario que los actores aprendan del pasado reciente y pongan ese conocimiento al servicio del futuro.
Esa actitud prospectiva ha de complementarse con una metodología y una planificación estratégica que le es propia, pues no se trata de un mero deseo que se estanca en lo posible para quedarse allí, como un sueño que si el destino así lo quiere se hará realidad, sino que consiste en un acto de imaginación reflexiva y creadora de un polo deseado que es seguida de una reflexión y de una programación prospectivas, contando con herramientas de análisis y técnicas de diagnóstico y de planificación que definen los pasos necesarios para transformar la situación presente en la situación deseada.
Según lo expuesto, podemos decir que, en el ejemplo propuesto, el actor social asumió una actitud prospectiva, pues al imaginarse la posibilidad de una Compañía Nacional pudo anticipar los pasos necesarios para convertir ese sueño en un proyecto concreto y real. A partir de la configuración del futurible - y teniendo en cuenta las experiencias adquiridas en el pasado para actuar en conjunto - los bailarines pudieron reflexionar sobre el presente desde una visión crítica, asumir una actitud activa frente a la historia y programar las acciones necesarias para alcanzar sus objetivos.

Cambio de objetivos: del corto y al largo plazo

Desde la función callejera a la formación de la CNDC existieron multiplicidad de miedos, incertidumbres, conflictos internos, obstáculos, oponentes. Todos estos factores, que condicionan el futuro y lo convierten en un campo de batalla, exigieron para su superación de la toma de difíciles decisiones, a partir de las cuales el objetivo mismo de este actor social considerado fue modificándose. Si en un principio el futurible se cristalizaba en la obtención de los derechos laborales para continuar bailando en el BCTSM bajo mejores condiciones, este objetivo de corto plazo – y no por ello poco importante - mutó hacia uno más ambicioso y largoplacista: la conformación de un espacio propio, democrático y horizontal, que gozara de legitimidad institucional, para poder volcar allí sus propias ideas y convicciones acerca de lo que debería ser la danza contemporánea en el marco de una sociedad contemporánea. Este cambio de objetivo, o mejor dicho, esta ampliación del objetivo - puesto que el reclamo por los derechos laborales nunca fraguó y gracias a esta lucha el BCTSM goza hoy de condiciones dignas de trabajo – fue producto de una actitud prospectiva y de una decisión estratégica. Al respecto, Merello señala que la prospectiva es un mecanismo mental que crea objetivos a medida que avanza y perfila mejor sus fines. Utilizando la metáfora de la brújula que va creando su polo, el autor explica que a medida que se perfilan mejor los fines, se deben recrear los objetivos, y en consecuencia modificar los cursos de acción. Esta proposición permite entender el cambio de objetivo que experimentaron los bailarines, entendiéndolo no como resultado de la improvisación desorganizada sino, antes bien, como una actitud consecuente con el enfoque prospectivo.
La adaptación a los cambios, sostiene Gabiña, es algo que no se improvisa, y tal como señala Pérez, responde a la capacidad de estrategar propia del hombre en tanto ser bifurcado. En este sentido, el despido significó para los bailarines una crisis de identidad, pues debieron dejar de ser (circunstancialmente) bailarines para convertirse en luchadores comprometidos. Por otro lado, aún cuando por una orden del juez que atendió en sus causas fueron reincorporados a la compañía, el director mostró su perfil más cruel y autoritario, permitiéndoles la entrada al salón de ensayo pero prohibiéndoles la posibilidad de bailar en el escenario junto a sus compañeros. La ampliación de sus metas respondió entonces a sus circunstancias, al mismo tiempo que representó de una manera más cabal sus más profundos deseos, que hasta ese entonces parecían inimaginables. A este respecto sostiene Gabiña que mientras que el corto plazo implica políticas de parches, el largo plazo es lo único que puede garantizar el éxito de las acciones que comprometen nuestro futuro.

Un actor clave

En este cambio de rumbo desempeñó un rol fundamental y predominantemente estratégico Rubén Mosquera, miembro de la mesa directiva de ATE, quien desde el inicio de los conflictos acompañó y apoyó a los bailarines en su lucha por los derechos laborales. Cuando esta última se había estancado porque sus portadores más tenaces habían sido desvinculados del Ballet y la mayoría de sus compañeros que permanecieron perdieron su voluntad de incidir, bajando sus cabezas cual avestruces*(ver nota al pie de página), fue él quien comprendió que no sólo los métodos debían revisarse sino que el objetivo mismo debía ponerse en duda. Un bailarín que decide parar para visibilizar sus demandas, comienza desde ese instante a perder su identidad, pues la danza es una disciplina exigente que requiere de un constante entrenamiento para mantener el nivel técnico y el estado físico necesarios. El paro como medida de fuerza va en perjuicio del propio trabajador pues cada día que pasa sin estrenar, el bailarín va perdiendo flexibilidad y potencia muscular. Esto fue claramente vislumbrado por Mosquera, quien propuso a los bailarines reflexionar sobre sus objetivos, aportándoles una idea portadora de futuro más adecuada a sus subjetividades, sentimientos e intereses: la posibilidad de una compañía nacional. Su actitud puede ser definida como prospectiva, en la medida en que sin pretender adivinar el futuro, ayudó a construirlo, teniendo siempre presente el escenario deseado por los bailarines en cada decisión que debían tomar.



Imaginar lo imaginable

Señala Mojica que el futuro es construible más que previsible y, por lo tanto, además de lo probable existen otras alternativas que podrían explorarse y que el autor denomina “escenarios alternos”. En este sentido, Mosquera tuvo la capacidad detectar y diseñar un escenario alterno, que a diferencia del escenario probable, nos indica no para dónde vamos sino para dónde queremos ir. De un modo similar opina Merello, quien utiliza el concepto de futurable para diferenciarlo del concepto de futurible: mientras que este último implica mirar al futuro con ojos nutridos por la experiencia del presente, aquel consiste en abrirse a nuevas maneras de ver las cosas y ver el futuro con ojos de futuro. El futuro en sí es riesgo dice Gabiña, es una página en blanco que queda por escribir pero que dependerá fundamentalmente de la imaginación, de la voluntad y de la actitud prospectiva que los actores sociales demuestren para que sus acciones se escriban en clave de éxito o de fracaso. La conformación de una compañía de danza contemporánea, avalada por la Secretaría de Cultura de la Nación, dirigida de manera colegiada, donde los bailarines pudieran participar en la toma de decisiones y desarrollarse como artistas profesionales en un espacio democrático bajo condiciones dignas de trabajo, era algo impensable, sobretodo en el marco de un crisis internacional como fue la de 2009. Y sin embargo, fue posible. Y no porque el destino así lo quiso, sino porque estos seis bailarines corrieron riesgos, tomaron decisiones, actuaron estratégicamente y planificaron sus caminos a partir de esa capacidad que solo los seres humanos tenemos y que deberíamos trabajar para potenciarla: la de imaginar, incluso, lo inimaginable.




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*Aclaración: Michel Godet señala cuatro tipo de actitudes del ser humano frente al provenir:



    1. La actitud de avestruz: consiste en ignorar el cambio, evitando y esquivando los problemas. Coincide con la resignación y la asunción de que, inevitablemente, hay que sufrir el futuro.

    2. La actitud reactiva: consiste en encarar las situaciones conflictivas en el momento en que se presentan, es decir, se trata de esperar el cambio para reaccionar.

    3. La actitud preactiva: consiste en prepararse y anticiparse para los cambios del futuro.

    4. Actitud proactiva: consiste en fundamentar la acción en la construcción del futuro. Implica provocar un cambio deseable, influyendo de este modo en el futuro.

    Mientras que las dos primeras actitudes implican la creencia en la imposibilidad de modificar el futuro según lo deseado, las últimas dos son ambas prospectivas y, según el autor, garantizan el poder.


    Aplicando esta tipología al caso tratado, es probable que cada uno de los actores que intervinieron de alguna manera en los conflictos ya enunciados, con mayor o menor grado de compromiso, desde diferentes perspectivas y estratégicas, puedan sentirse identificados con alguna de las 4 actitudes propuestas por Godet. También es probable que existan otras actitudes que este autor no pondere, y en ese sentido, abro este trabajo a quien quiera aportar otras taxonomías. Pero más allá de estas diferencias, y tal como lo sostiene Uranga, todos los actores son importantes para el cambio, si bien cada uno tiene aportes distintos, específicos y también intereses diferentes. Por último, es menester aclarar que no existe un solo camino para llegar a un destino, por lo tanto, aquellos que por exponerse de manera más radical debieron tomar decisiones drásticas para llegar a sus objetivos, recorrieron un camino distinto a aquellos otros que, eligiendo continuar la lucha sin romper su relación contractual con el BCTSM, decidieron más tarde, cuando comprendieron que de ese modo no llegarían a sus objetivos, tomaron la difícil decisión de abandonar una situación de estabilidad por otra mucha más arriesgada pero en concordancia con sus principios, camino este que igualmente los condujo a la concreción de ese deseo compartido por los que finalmente, desde diferentes caminos, se encontraron en un mismo futuro hecho presente gracias sus acciones y estrategias partculares.





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    BIBLIOGRAFÍA

    URANGA, Washington; Mirar desde la comunicación. Buenos Aires, 2007.
    MATUS, Carlos; Teoría social del juego social. Edic. UNLA (Colecc. Planificación y Políticas Públicas), Remedios de Escalada (Argentina), 2007. págs., 165 a 192. El actor en situación (sesión 5)
    GABIÑA, Juanjo; Prospectiva y planificación territorial, Alfaomega-Macombo, Bogotá, 1999. págs. 1 a 15
    MERELLO, Agustín; Prospectiva. Teoría y práctica., Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1973, págs. 11 a 29
    PEREZ, Rafael Alberto; Siete cambios que conducen a una teoría estratégica más humanizada.
    MOJICA, José; Determinismo y construcción del futuro.
    http://www.companianacionaldedanzacontemporanea.blogspot.com/






















    miércoles, 15 de diciembre de 2010

    Danzar con los conceptos, jugar hasta el último momento

    A modo de continuación y profundización del trabajo “Los textos en el cuerpo”, presentamos este nuevo trabajo con mi amiga Cecilia Sabatino Arias, que retoma la temática danza-voley y su relación con el campo académico a partir de las concepciones del cuerpo abordadas por Merleau-Ponty y Bourdieu.

    Asimismo intentamos abrir el campo de posibilidades respecto de la transformación de lo dado tomando las perspectivas de Castoriadis y Savransky.

    Nos acompañó “Toco y me voy” de Bersuit Vergarabat

    Espero que lo disfruten, comentarios bienvenidos!

    Salud!

    sábado, 20 de noviembre de 2010

    NOTA DE INVESTIGACIÓN

    20.000 EXTRANJEROS ESTUDIAN EN LA UBA

    Estudiantes latinoamericanos, los nuevos inmigrantes de Buenos Aires

    Cada vez son más los jóvenes extranjeros que eligen la Universidad pública de Buenos Aires para graduarse. Sus motivaciones y las políticas estatales que se aplican sobre este fenómeno.
    Por Julieta Gros
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    El cosmopolitismo es sin dudas una de las características que define históricamente a la ciudad de Buenos Aires. Durante las primeras décadas del siglo XX la diversidad cultural e idiomática de sus habitantes despertó la preocupación de la llamada generación del 80, impulsora de un proyecto de modernización nacional que implicaba la afluencia masiva de inmigrantes europeos. En pocos años la ciudad sufrió una sensible transformación merced a las diversas costumbres, culturas e ideas que los recién llegados traían consigo. Forasteros de distintos países europeos ventilaban sus costumbres por los hacinados conventillos y se comunicaban mediante un lenguaje propio y original: el cocoliche.
    Cierto es que tal heterogeneidad fue una consecuencia no prevista y fuertemente rechazada por los sectores hegemónicos de la metrópoli, quienes inmediatamente organizaron un movimiento tradicionalista y conservador para depurar los elementos bárbaros y conformar una identidad nacional en torno a la figura del gaucho.
    Un siglo más tarde, Buenos Aires mantiene su carácter cosmopolita, aunque las motivaciones de quienes migran no responden ya a un proyecto nacional ni al sueño (frustrado) de hacerse la América, sino a aristas que tienen que ver, entre otras cuestiones, con las posibilidades que esta ciudad ofrece para aquellos jóvenes que aspiran a obtener un título universitario.
    En este contexto, la Universidad de Buenos Aires (UBA) es protagonista de un fenómeno que 100 años atrás inspiró a reconocidas figuras de la elite porteña a delinear los calificativos más perversos y recordados de la literatura nacional, tales como, gronchos, negros o cabecitas negras. Afortunadamente, ninguna de estas frases vergonzosas circula ya por los pasillos de nuestras facultades públicas para calificar a los cada vez más numerosos estudiantes latinoamericanos. Según una investigación realizada por la UBA en 2009, el 30 por ciento de los jóvenes que estudian una carrera universitaria provienen de países latinoamericanos. El informe señala que durante los dos últimos años se duplicó la cantidad de alumnos extranjeros, siendo la mayoría (49 por ciento) procedente de Latinoamérica.

    Motivaciones

    Diversos son los motivos que explican este nuevo torrente migratorio, que ha elegido como destino final a la ciudad capital de Argentina. Mariela Andreozzi, Directora de Relaciones Internacionales de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA), explicó que los latinoamericanos eligen Argentina porque la visión que tienen del país es excelente, tanto por la calidad de su gente como por el nivel de la educación. “Los bajos precios, en comparación con otros países, favorecen la elección”, opinó la Directora, para quien la noche porteña también es un elemento de gran atracción para los jóvenes foráneos. Al respecto, sostuvo: “Muchos de Chile y Colombia se casan con argentinos y se quedan porque Buenos Aires es muy libre, tiene mucha noche, mucha salida. Acá todos los días hay algo para hacer y eso a los jóvenes les interesa”.

    Según el testimonio de Lila, una joven brasilera que estudia Medicina en la UBA, las motivaciones responden fundamentalmente a cuestiones económicas y burocráticas. “En Brasil es muy difícil ingresar a la facultad porque hay una serie de requisitos como el tipo de título secundario o el promedio con el que te recibiste, que acá en la UBA no te lo exigen. Además, los costos en Brasil son muy altos y en cambio acá es gratis”.

    Muchos de los encuestados señalaron el prestigio como motivación principal, destacando que la calidad educativa de la UBA es altamente valorada a nivel internacional. “En mi país tiene mucho más valor el título que otorga la UBA que el que brindan las universidades privadas”, señaló Jimena, una ecuatoriana de 22 años que estudia Ciencias de la Comunicación en la sede de Ramos Mejía de la UBA. Su opinión coincide con la de Marcelo Tobin, Secretario de Relaciones Internacionales de la mencionada casa de estudios: “Nuestra Universidad es reconocida en el mundo por su prestigio y tradición académica. A esto se agrega que el país y Buenos Aires ofrecen una oportunidad única de intercambio cultural”.
    El acceso libre y gratuito constituye el factor de atracción por excelencia, un verdadero imán que marca la diferencia entre la UBA y las universidades latinoamericanas, en su mayoría aranceladas. En principio, la gratuidad opera en esta institución de manera universal, es decir, se aplica para todos por igual, sin distinción de nacionalidad. María Adela, empleada de la Secretaría de Asuntos Académicos de la UBA, confirmó que el único gasto en el que incurre el estudiante extranjero tiene un valor de 15 pesos. Se trata de la homologación del título secundario para verificar su validez en el país. Esto no significa diferencia alguna respecto al estudiante argentino, ya que la legalización del título secundario tiene el mismo valor para los argentinos y constituye un requisito indispensable para inscribirse en el Ciclo Básico Común (CBC).
    Según los datos recogidos, el prestigio y la gratuidad constituyen las motivaciones principales que incitan a más de 20.000 estudiantes extranjeros a realizar sus carreras de grado o posgrado en la UBA. La vida nocturna de la urbe y la experiencia de vivir en otro país resultan ser también factores de atracción para estos jóvenes latinoamericanos.


    Políticas institucionales
    Mientras que a principios del siglo XIX la llegada de los inmigrantes fue vivida como una invasión no deseada, otra parece ser hoy la actitud de los funcionarios encargados de las áreas internacionales y educativas respecto al fenómeno de los estudiantes extranjeros. Jorge Bragulat, miembro de la Secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación, señala que desde allí se apoya tanto a las instituciones universitarias públicas como a las privadas para atraer a una mayor cantidad de alumnos extranjeros. El especialista remarca que, además de elevar la calidad del sistema universitario con nuevos conocimientos y experiencias, la convocatoria de estudiantes extranjeros representa para Argentina la posibilidad de brindar servicios educativos a nivel mundial.

    Esta política a favor del intercambio y de la integración cultural de la comunidad universitaria con sus pares internacionales es también sostenida por la Subsecretaría de Relaciones Internacionales de la UBA. Si bien esta área centraliza las tareas de coordinación y asesoramiento de los jóvenes extranjeros de la UBA en general, es llamativo el esfuerzo que cada Facultad realiza por su cuenta para que este fenómeno siga creciendo. En este sentido, todas tienen en sus páginas Web un área especial de fácil acceso para orientar al estudiante extranjero, brindando información sobre los convenios vigentes, algunos testimonios de quienes ya estudiaron allí, maneras de contactarse con la embajada, los pasos a seguir para la inscripción, e incluso información y videos sobre cómo manejarse en Argentina.

    Un caso representativo de este tipo de trabajo lo constituye la Facultad de Agronomía (FAUBA), que recientemente desarrolló un nuevo programa, denominado Agro Familia, para fomentar el acercamiento académico y cultural entre los países. "El número de estudiantes extranjeros viene creciendo con continuidad año tras año. Para nuestras disciplinas, los países más demandantes de intercambio son Brasil, Colombia, México, España y Francia, y esporádicamente los Estados Unidos y otros países de Europa", explicó Andreozzi, cuya función consiste en coordinar y promover el intercambio de alumnos y docentes en convenios o en proyectos de cooperación. “Creemos que es importante que un alumno nuestro vaya al exterior a capacitarse y a conocer otras culturas, como también lo es que un alumno venga de afuera y reciba lo mismo”, comentó Andreozzi, para quien los convenios resultan de gran ayuda porque facilitan y agilizan el trámite de ingreso a la facultad. También ofrecen a los estudiantes una contención porque ponen a su disposición tutores que acompañan y guían a los recién llegados con los trámites legales, la búsqueda de un alojamiento y demás cuestiones académicas. “Al inicio de cada semestre tenemos una reunión donde les mostramos a los chicos las instalaciones para que vayan familiarizándose con el lugar“, dijo la Directora, y agregó: “Algunos chicos del centro de estudiantes, o alumnos extranjeros que ya tuvieron la experiencia del intercambio, participan de esas reuniones y les cuentan cómo es la Facultad, su organización, las materias, y los aspectos más cotidianos de la misma. Es mucho trabajo pero tratamos de contenerlos lo más posible”.

    La mona vestida de seda no siempre mona queda

    Del rechazo y la discriminación, a la aceptación e integración; en el transcurso de un siglo Argentina realizó un cambio sustancial en el terreno de la cultura digno de mención. Las políticas y medidas que buscan fomentar el intercambio entre estudiantes de distintas nacionalidades dan cuenta de este pasaje superador, pues en lugar de discriminar y animalizar al otro cultural, lo valoran, estimulan e integran. Los inmigrantes se han vestido de seda, y contrariamente a lo que reza el conocido refrán, lejos de mantener su estereotipia animal, han podido resignificar su lugar en el terreno de la cultura argentina. En este nuevo panorama del siglo XXI, el cosmopolitismo ya no es percibido como sinónimo de degradación sino como un elemento enriquecedor de nuestro ser nacional y cultural.
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    La famosa noche porteña, otro condimento para elegir Buenos Aires


    El prestigio y la gratuidad de la UBA no constituyen las únicas variables que hacen a Buenos Aires una ciudad por demás atractiva para los estudiantes latinoamericanos. La movida nocturna es también un factor de gran sugestión, pues no son pocos los jóvenes foráneos que encuentran fascinante esta característica propia de la “ciudad que nunca duerme”. Según dicen, en sus países de origen la vida nocturna termina cuando en Buenos Aires todavía está en pañales: “En Ecuador salimos a bailar a las 10 de la noche, y para las 2 de la mañana ya estamos de vuelta en casa”, comentó Ana Serrano, una ecuatoriana que estudia Ingeniería en Alimentación en la FAUBA.
    Infinidad de bares, restaurantes y boliches abren sus puertas todas las noches para dar la bienvenida a los extranjeros, que no sólo vienen a estudiar, sino también a divertirse. Álamo, Shamrock, Casa Bar, Opera Day, Sahara, son los lugares más frecuentados por estos inmigrantes, quienes han hecho de Plaza Serrano su tercer hogar, después de la vivienda y la facultad.
    La ciudad también ofrece otras variantes para la dispersión y el entretenimiento nocturno, como las peñas, las milongas y los after office. Estos sitios ofrecen una excelente posibilidad para aquellos extranjeros que quieren interiorizarse con las costumbres ciudadanas y entablar vínculos con los porteños.
    La búsqueda del intercambio cultural coexiste con la necesidad de fomentar vínculos con los del propio palo. Estudiantes de la misma nacionalidad suelen juntarse en determinados bares que reproducen el estilo y los géneros musicales de sus propios países. Todo esto crea un clima casi patriótico que funciona como un paliativo para la nostalgia de quienes se encuentran lejos de casa.
    Ya sea para conocer lo otro como para reconocer lo propio, los estudiantes extranjeros encuentran en la noche porteña lo que necesitan para divertirse y dispersarse luego de una larga jornada de puro estudio y concentración. Después de todo, el término “estudiantes” los califica, no los determina como sujetos sociales que son. Cabría preguntarse entonces por la verdadera motivación de estos forasteros: ¿es el estudio o es la noche? Probablemente se trate una combinación de ambas. Pero esto nos enfrenta a una nueva pregunta: ¿qué viene primero, el huevo o la gallina?
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    Haz lo que el Derecho dice, pero no lo que Derecho hace

    Oficialmente, la universidad pública en Argentina es gratuita para todos, sin distinción de nacionalidad. El lema de la Revolución Francesa - Igualdad, Libertad y Fraternidad - parece, en principio, representar también la política de admisión de la UBA. Sin embargo, el derecho de acceso gratuito a la educación no parece aplicarse de manera homogénea en el marco general de esta casa de estudios, en la medida en que la Facultad de Derecho se maneja con sus propias reglas. Mientras que en las restantes Facultades los extranjeros sólo deben abonar un monto mínimo para cubrir los gastos administrativos, en la Facultad de Derecho existe, en relación a los costos, una marcada diferencia entre los estudiantes argentinos y los provenientes del exterior. Estos últimos, de no pertenecer a algún convenio de intercambio, deben pagar una tasa de inscripción al comienzo de la cursada y una cuota mensual durante el ciclo lectivo. Estas exigencias económicas no se aplican, por supuesto, para los estudiantes nativos. Así mismo, los costos varían según que el aspirante provenga o no del Mercado Común del Sur (MERCOSUR). En la página Web de Derecho, en una sección denominada “Costos”, están publicadas las distintas tarifas vigentes para los extranjeros sin convenios con la UBA: los procedentes del MERCOSUR deben abonar 1000 pesos, mientras que para los estudiantes que no pertenecen a dicho tratado internacional, la tarifa asciende a los 500 dólares.
    De todo esto se desprende que la Facultad de Derecho, cual propietario de un bien privado, se reserva el derecho de admisión. Resulta paradójico que estas diferencias y arbitrariedades existan en un espacio dedicado a la formación de profesionales cuya función en la sociedad es la de impartir justicia y garantizar la igualdad de derechos para todas las personas. Los derechos, se sabe, son universales, y por lo tanto, iguales para todos. Parece que en Derecho haría falta ensayar la correlación entre la teoría y práctica, puesto que los contenidos que allí se estudian tienden a vaciarse de sentido cuando se presenta la posibilidad de aplicarlos en la realidad de la vida cotidiana.
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    OPINIÓN

    Sobre cabecitas negras y estudiantes latinoamericanos

    Son muchos los intelectuales que sostienen que en Argentina la historia se repite una y otra vez, sin que de las experiencias pasadas emerja algún tipo de reflexión, autoconciencia o aprendizaje. Carlos Vazeilles, historiador y docente de la UBA, es un fuerte portavoz de este discurso. En sus clases y escritos repite hasta el cansancio una frase que sintetiza enfáticamente su opinión al respecto: “Argentina nació para atrás y siguió yendo para atrás”, enuncia Vazeilles, quien desde una perspectiva crítica, de tinte marxista, entiende que nuestra nación fue conquistada por la metrópoli más retrógrada de la época colonial, España, y que esa característica marcó para siempre la historia de nuestro país. Una vez lograda la independencia - sostiene el historiador - la oligarquía porteña mantuvo la tradición conservadora e improductiva heredada de los españoles, pues en lugar de elaborar un proyecto de país que trajera prosperidad a la sociedad en su conjunto, se encargó de repartir las tierras en función de sus propios intereses. Dicho en otras palabras, nuestros padres fundadores tuvieron en sus manos un diamante en bruto, y en lugar de pulirlo y potenciar sus propiedades, lo hicieron estallar en mil pedazos. De esta manera, condenaron al granero del mundo a un lugar de subordinación, dependencia y dominación respecto de las potencias mundiales. Fue en este contexto que la generación del 80 puso en marcha un proyecto de modernización nacional, cuyo objetivo era depurar y enaltecer al ser nacional. Los encargados de llevar a cabo dicho proceso serían los ilustres y tan admirados europeos, pero quienes desembarcaron en el puerto de Buenos Aires no fueron los intelectuales progresistas que la oligarquía esperaba, sino los empobrecidos campesinos y artesanos que se exiliaron de sus países con la esperanza de mejorar su situación económica. El devenir de la historia les demostraría que Buenos Aires lejos estaba de ser la tierra prometida. Condenada a la miseria, la marginada fauna transoceánica, otro nombre que bien podría haberse sumado a ese repertorio de frases despectivas y bien oligárquicas, adquirió desde entonces la nostálgica costumbre de suspirar por la patria perdida.
    En parte es cierto, la historia se repite. Numerosos documentos y hechos corroboran la tesis de Vazeilles: gobiernos interrumpidos por golpes militares son figuritas repetidas en el álbum histórico de nuestro país; políticos corruptos que priman su interés personal sobre el bien común han sido protagonistas estelares de nuestra novela nacional. Pero también es cierto que la historia es dinámica y que por los intersticios de la cultura hegemónica se filtran fenómenos que rompen con la lógica dominante: se trata del actual fenómeno de los estudiantes extranjeros y el modo en que los sectores de poder lo perciben, lo organizan, lo promocionan, lo estimulan. Frente al mismo fenómeno, la inmigración, se observa una marcada diferencia entre aquella actitud xenófila de los intelectuales del siglo XX y la apertura e integración cultural que buscan hoy nuestros funcionarios encargados de la educación y de las relaciones internacionales de nuestro país. Aquí no hay reproducción sino cambio, autoconciencia, superación. Por supuesto que no se debe pecar de ingenuo y celebrar acríticamente este logro cuando existen otras problemáticas sociales que exigen prioridad e inmediata solución. Argentina seguirá atrasada y continuará yendo para atrás en tanto y en cuanto estos gestos democráticos y humanísticos no se conviertan en síntoma de un cambio más general. Pero tampoco hay que ser escépticos. Los procesos son largos y el paso a paso es una filosofía que, aunque de origen futbolístico, bien podría servirnos para encarar un proyecto de país con miras al crecimiento y la auto superación.

    martes, 19 de octubre de 2010

    Avenida tomada

    El escrutinio improvisado arrojó el resultado y la masa de estudiantes, reunida el 9 de Septiembre frente a la puerta de la Facultad de Ciencias Sociales, se encaminó, silla en mano, desde la calle Ramos Mejía hacia la avenida Corrientes. El corte de esta avenida en plena hora pico generó inmediatamente el colapso del tránsito. Las cámaras de CN5 hicieron su aparición para capturar el hecho novedoso, cumpliéndose así el principal objetivo de la movilización: adquirir visibilidad.
    La irrupción del espacio público tomó la forma de una clase. Los estudiantes dispusieron las sillas sobre la avenida de cara al titular del Seminario de Diseño Gráfico y Publicidad, Carlos Savransky, quien, provisto de un micrófono, se propuso continuar, como todos los jueves, con los contenidos del programa. Durante su discurso preliminar planteó la importancia de la lucha, pero también la necesidad de no abandonar la materia. Según su opinión, perder el cuatrimestre significaría el triunfo del más fuerte, cuya estrategia, estructurada sobre la base de la indiferencia y el cierre a toda posibilidad de diálogo, buscaba el agotamiento y la frustración de los estudiantes organizados. Frente a esta estrategia, Savransky planteaba la necesidad de desarrollar, sobre la base de la astucia, lo que el jesuita, historiador y filósofo francés Michel De Certeau denominó “la táctica de débil”. En este sentido, el lema propuesto por Carlos era “la lucha sostenida sin por ello vaciar de contenido lo que debería ser un espacio de pensamiento y reflexión”. Dicho esto, el titular prosiguió con la temática planificada para esa fecha: la problemática de la percepción.
    Bastaron sólo unos minutos para que el contexto en que se estaba desarrollando la clase hiciera sentir su carácter excepcional. Desde sus autos, los conductores expresaron su bronca e indignación mediante incesantes bocinazos que contaminaban el ambiente y que hacían cada vez más difícil para los estudiantes escuchar al profesor. Tampoco faltaron transeúntes que, al pasar por los costados de la clase improvisada, vociferaran sin ningún tipo de escrúpulo frases tales como “¡Vayan a trabajar, manga de parásitos!”. Muchas de estas frases causaron risas entre los estudiantes, e incluso en el propio Savransky. Otro tipo de reacción generó, en cambio, la aparición inesperada de dos ambulancias que urgieron la liberación de algún carril de la avenida. Rápidamente los estudiantes despejaron el carril izquierdo, el cual quedó a partir de entonces disponible para futuras emergencias. Las cámaras de televisión registraron cada uno de estos acontecimientos desde una distancia prudente, y lejos de molestar, sus luces potentes resultaron de gran utilidad para quienes intentaban tomar apuntes.
    Pese a todas estas interrupciones, Savransky logró sostener el dictado de la clase. A las 9 de la noche dio por finalizado lo que él consideró como un ejemplo de lo que debería ser “una lucha inteligente: una lucha que ponga en práctica la teoría, condición, esta última, sine qua non, para la eficacia de la primera”.

    lunes, 11 de octubre de 2010

    La espacIalidad del cuerpo propio en la danza del tango improvisado

    Hace unos meses publiqué el post titulado “Sobre 4 piernas y una cabeza”. Sintéticamente, relataba un episodio que tuvo lugar en el Seminario de Cultura Popular y Masiva, dictado por el docente Pablo Alabarces. En uno de sus teóricos trató el tema del tango en tanto que danza popular de origen prostibulario que apareció en los arrabales de Buenos Aires hacia finales del siglo XIX. Luego de un recorrido histórico y de un análisis social y cultural del fenómeno, Alabarces finalizó el teórico con la siguiente afirmación: “El tango consiste en cuatro piernas y una cabeza”. Esta frase remite a una concepción claramente machista del tango, en la medida en que la cabeza a la que se hace referencia es la del hombre. Es él y su mente quien domina tanto su cuerpo como el de su pareja. El rol de la mujer queda reducido, desde esta perspectiva, al de una mera máquina, una suerte de forma sin contenido.

    En tanto que bailarina de tango, sentí en aquel entonces la necesidad de cuestionar esta concepción, por lo que hice uso del blog de la cátedra para expresar su punto de vista. El siguiente es el comentario que dejé posteado:

    “Soy bailarina profesional, y entre otros géneros (clásico, contemporáneo), bailo tango. Naturalmente, tengo algunas cosas que decir a propósito de la frase “El tango consiste en cuatro piernas y una cabeza”. Cierto es que en las milongas, donde no hay coreografías pues es todo improvisado, el hombre es quien manda, la mujer es quien obedece. Pero atención, las apariencias engañan: mientras que el rol del hombre consiste en la creatividad y la espontaneidad, acción puramente pulsional, el rol de la mujer, en cambio, es muchísimo más racional: a ella le toca decodificar permanentemente las marcas de su pareja. Es decir, mientras el hombre se destaca por su capacidad de manejar a la mujer y de realizar combinaciones originales, la mujer ha de destacarse por su capacidad de leer rápidamente las sutiles marcas del otro y de efectuar adornos con sus piernas a fin de estilizar la danza. De esto se sigue que mientras que al hombre le basta con contar con un repertorio de posibles combinaciones que repite indistintamente a lo largo de la pista, y que realiza casi automáticamente, la mujer debe estar en constante alerta, leyendo, decodificando, interpretando y, además, creando sobre la “creación” de su partenaire. No soy feminista, y por ello no interpretaré que la cabeza a la que aquella frase se refiere es la de la mujer. Por supuesto que la cabeza del hombre también es necesaria, pero por propia experiencia puedo decirle que cuando una conoce de verdad a su partenaire, llega a leer anticipadamente sus marcas, a tal punto que me he llegado a preguntar si se trata realmente de una percepción altamente desarrollada producto de una profunda conexión con el otro, o si de algún modo la cabeza del hombre se torna tan básica, que cuando él va, yo fui vine, fui vine, fui vine… “

    Este comentario realizado hace unos meses atrás desde una perspectiva sociológica y cultural que tenía como objetivo analizar las relaciones de poder que atraviesan el campo de la cultura y reivindicar el lugar que los sectores subalternos juegan en él (y, en el caso del tango, se trata de una subalternidad de género) se abre hoy a un nuevo cuestionamiento a partir de los contenidos aportados por el Seminario de Diseño Gráfico y Publicidad a cargo del docente Carlos Savransky. Con mi compañera y amiga personal,
    Cecilia Sabatino Arias , sentimos que esta materia nos ha brindado un andamiaje teórico que nos invita a profundizar y complejizar sobre las relaciones entre el cuerpo y la mente, el pensar y el hacer, yo en relación al tango, ella en relación al voley. Al volver sobre aquél comentario bajo este nuevo paraguas teórico, aparecieron una serie de cuestionamientos que dan cuenta del modo en que hemos sido atravesadas e interpeladas por algunos de los textos debatidos en clase, como “Lo imaginario: la creación en el dominio históricosocial” de Castoriadis y, particularmente, los de Merleau-Ponty. Este último, al indagar sobre el sujeto y criticar desde la fenomenología la concepción clásica y cartesiana del mismo, nos ofrece otro modo - no dualista - de concebirlo. “No soy el resultado o entrecruzamiento de las múltiples causalidades que determinan mi cuerpo”, dice el autor en el “Prólogo” de Fenomenología de la Percepción. “No puedo pensarme como una parte del mundo, como un simple objeto (...) de la ciencia”. Y concluye: “Soy la fuente absoluta, mi existencia no proviene de mis antecedentes, de mi ambiente físico y social, sino que va hacia ellos y los sostiene, pues soy yo quien hago ser para mí”.

    Es desde esta concepción del sujeto que nos proponemos retomar el mencionado comentario, prestando especial atención al modo de comprender la espacialidad del cuerpo propio en el contexto particular de la danza del tango improvisado que se baila en las milongas.

    Analizaremos algunos puntos:

    En el comentario mencionado, retomo la frase realizada por el docente “El tango es 4 piernas y una cabeza” para interpretarla del siguiente modo: “El hombre es quien manda, la mujer es quien obedece”.

    Es evidente que esta frase remite a una concepción dicotómica entre el alma y el cuerpo. Al respecto, Aristóteles, en su obra La Política afirma que “el que es capaz de prever con el pensamiento es jefe y señor por naturaleza y el que puede ejecutar con el cuerpo esas previsiones es súbdito y esclavo por naturaleza”. Si bien Aristóteles se está refiriendo a quién debe mandar y quién debe obedecer en la ciudad, esta misma relación es transferible al vínculo entre el alma y el cuerpo: “El alma -y por lo tanto el pensamiento- es amo y el cuerpo esclavo obediente”. Siguiendo la misma idea aristotélica, Descartes sostiene que hacer es obrar en función de lo que pienso: el pensamiento conduce al cuerpo, como el piloto a su navío. Pero si la conciencia tiene el dominio del modus operandi, el cuerpo sería un simple esclavo. ¿Es esto así? ¿El cuerpo no tiene autonomía? La supeditación del cuerpo a la mente sostenida tanto por Aristóteles como por Descartes es criticada por Merleau-Ponty, quien sostiene: “El hombre no es un espíritu y un cuerpo, sino un espíritu con un cuerpo, que sólo accede a la verdad de las cosas porque su cuerpo está como plantado en ellas”. Y agrega: “No conocemos a los otros como puros espíritus, los conocemos a través del cuerpo”. Por lo tanto, en el caso del tango - donde el hombre representaría la mente y la mujer el cuerpo - consideramos que la relación entre los bailarines no es una relación de dominación y subordinación sino que es compleja e intersubjetiva. Suponer que es el hombre quien manda y la mujer quien obedece es no dar cuenta de que, parafraseando a Merleau-Ponty, la motricidad/mujer no es una sirvienta de la conciencia/hombre.

    • Volviendo al comentario, lo que hice allí fue tomar esa frase cartesiana para reformularla: “Mientras que el rol del hombre consiste en la creatividad y la espontaneidad, acción puramente pulsional, el rol de la mujer, en cambio, es muchísimo más racional: a ella le toca decodificar permanentemente las marcas de su pareja”.

    Entendemos ahora que este planteo, para refutar el dualismo de la afirmación primera (“El hombre es quien manda, la mujer es quien obedece”) recurre, no obstante, a la misma lógica dicotómica, pero invirtiéndola. Es decir, al proponer que el hombre no domina a la mujer porque esta tiene un rol racional, es ahora el hombre el que queda reducido a un cuerpo mientras que es la mujer quien opera a nivel del pensamiento.

    Para comprender este fenómeno y no caer en el mismo error dicotomista, nos resulta superadora la propuesta merleaupontyana. Según este autor, mi conciencia no tiene ningún exterior si no fuese por el cuerpo. La relación con el otro supone que no estamos hablando de una relación entre conciencias, si no de un cuerpo que percibe el cuerpo del otro y viceversa. La relación del para sí y del para el otro se realiza a nivel del cuerpo.

    Ahora bien, si tomamos la perspectiva de Merleau-Ponty, no podemos decir que lo que hace la mujer es del orden del puro pensamiento. Pero, ¿de qué orden estamos hablando? No es, dijimos, la mente la que comanda su cuerpo, como tampoco es cierto que este último consiste en una mera yuxtaposición de órganos que reacciona mecánicamente a los estímulos/marcas del hombre. Se trata más bien de disponibilidades adquiridas en el orden de la percepción, de un saber corporal, prerreflexivo, de fisonomías que nos dan una idea familiar sobre los objetos del mundo vivido sin determinarlos. Es el cuerpo el que comprende, el que cuenta con un saber-hacer que no pasa por la reflexión.
    Cuando se está bailando, no se reflexiona sobre lo que se hace, lo que no quiere decir que no haya momentos de reflexión. Estas instancias de objetivación y predicación se convierten luego en disponibilidades tanto para el pensamiento como para el cuerpo. A esto se refiere Merleau-Ponty cuando habla de “sedimentación de nuestras operaciones mentales”.
    Lo dicho en el párrafo anterior se aplica también para el caso del hombre. Sus marcas no son pura creatividad y espontaneidad. Nuevamente, se trata de un saber que se construye a nivel de la percepción y que, además, no es autónomo sino que depende en gran medida del otro, de sus saberes corporales. Es decir, el cuerpo de la mujer puede limitar o potenciar la capacidad de creación de su partenaire. La mujer que por experiencia ha podido agudizar su capacidad de percibir las marcas del hombre, podrá ofrecerle un margen de producción mucho mayor que una principiante.

    Nos resulta necesario, pues, abandonar la concepción dualista del sujeto si queremos comprender lo que sucede entre el hombre y la mujer cuando bailan el tango. Esta danza consiste en una relación de dos cuerpos -no en el sentido cartesiano sino merleaupontyano de la palabra- que crean intersubjetivamente.”.

    Un tango fenoménico

    En “La espacialidad del cuerpo propio y la motricidad” Merleau-Ponty menciona el baile para ejemplificar la adquisición de un hábito: no se trata de encontrar por medio de un análisis la fórmula del movimiento y recomponerlo sino de un cuerpo que “atrapa” y comprende el movimiento. La adquisición de un hábito, concluye el autor, es desde luego la captación de una significación, pero también la captación motriz de una significación motriz. Saber bailar tango, por ejemplo, no es para Merleau-Ponty conocer cada uno de los pasos (lenguaje del tango) ni tampoco que la mujer adquiera un reflejo condicionado para cada una de las marcas que el hombre le hace. Si el hábito no es un conocimiento, ni un automatismo, se trata entonces de un saber que está en el cuerpo. Es el cuerpo quien comprende la adquisición del hábito. Este último no se localiza ni en el pensamiento ni en el cuerpo objetivo, sino en el cuerpo como mediador de un mundo.

    En un teórico Carlos Savransky hizo referencia al ritual: “El objeto es percibido con una cierta habitualidad. Por ejemplo, la pava que pongo a calentar sobre la hornalla todas las mañanas es percibida de manera habitual. Pero si un día la pava aparece con un agujero, entonces tengo una pava fenoménica que me obliga a sacar de contexto el uso habitual que tengo con la pava, objetivar el agujero y abandonar la familiaridad con la que suelo percibirla. En la cotidianeidad están presentes los objetos con los que obramos, no con los que pensamos”. Si lo llevamos a la danza, una pareja que tiene el hábito de bailar, experimenta el tango con cierta familiaridad. Sus cuerpos se mueven por la pista de baile no porque piensen en cada uno de los pasos ni tampoco por puro automatismo. Se mueven en virtud de un saber corporal. Ahora bien, si de pronto el taco de la mujer se rompe, a partir de allí se desarrollará un baile fenoménico. El taco roto sacará a la pareja del contexto habitual en el que acostumbra bailar. El hecho instituyente de un nuevo sentido será objetivado por ambos bailarines y la familiaridad con la que solían bailar será abandonada hasta finalizar la danza.







    Estas líneas son un fragmento del trabajo que hicimos con la ya mencionada Cecilia Sabatino Arias titulado “Los textos en el cuerpo” y que aborda las siguientes temáticas:

    ■La percepción en la cultura del consumo fragmentario en Internet
    ■Cuerpos que viven en milongas, cuerpos que viven en canchas de voley…
    -La espacialidad del cuerpo propio en la danza del tango improvisado
    -El cuerpo en la práctica deportiva
    ■Sobre cómo este parcial es una forma instituyente de sentido