martes, 8 de junio de 2010

Sobre 4 piernas y una cabeza

Encontrábame yo en el aula 201 de la facultad de Ciencias Sociales de la UBA, ese edificio tan acogedor que me recibe con sus brazos desgarbados desde hace 8 años. ¡8 años! ¡Por el amor de Alá, soy la típica eterna estudiante de ciencias sociales! Pero bueno, las razones de mi prolongada cursada las daré en otra oportunidad. Es otra cuestión la que me incita a escribir estas líneas. Decía entonces, estaba sentada en esas sillas deprimentes del aula más decente de la sede de Parque Centenario (¿alguno la conoce? Es una ex fábrica de la época peronista que quedó abandonada por años hasta que en los 90´ alguien dijo: “¿en dónde metemos a estos pobres diablos que quieren morirse de hambre por el resto de sus vidas estudiando esas pavadas que tienen que ver con la sociedad, el ser humano, los conflictos, las crisis, una pérdida de tiempo realmente?” Y metámoslos ahí, le contestó otro oligarca, en esa fábrica venida a menos, total no nos sirve para nada) La clase la estaba dando el prestigiosísimo Pablo Alabarces (un groso, si no miren su biografía: http://www.catedras.fsoc.uba.ar/alabarces/pablo_alabarces.htm), profesor titular del Seminario de Cultura Popular y Masiva en la Carrera de Ciencias de la Comunicación. Sí, si, estudio Comunicación, y ¡por favor!, nunca la confundan con Periodismo. ¡Hay tanto chanta que se acredita ese título! Porque, gente, sépanlo, cualquiera puede ser periodista. No tienen que estudiar nada, basta con ese título vergonzoso que te da la escuela secundaria. Las razones son legales: el derecho a la información es universal, bla bla bla. Vuelvo al tema: estaba en la clase del seminario de cultura, y de repente, Alabarces, que estaba dando cátedra del folklore y del tango en tanto que fenómenos populares, lanza la siguiente afirmación a propósito de la danza del tango:

“Una colega, María Julia Carozzi, que ha trabajado mucho sobre el tema de la milonga contemporánea, cuenta cómo los profesores del tango dicen: “el tango son cuatro piernas y una cabeza”.¿La cabeza cuál es? La cabeza del macho, que dirige el baile. Saben que la danza es fundamentalmente masculina. El que manda es el tipo, que te guía, que te lleva, que te revolea.”

El teórico (que es fantástico, se los recomiendo: todos los miércoles a las 19hs en el aula 201 de mi amada facultad, o si no, pueden acceder a los teóricos desgrabados, que se publican en la página de la cátedra: http://www.catedras.fsoc.uba.ar/alabarces/ ) sigue con el tango y otros tantos temas interesantes sobre cultura popular, pero ese comentario “El tango son 4 piernas y una cabeza” me quedó atravesado en el orgullo. Ah!! Porque además, gente querida, soy bailarina. ¡Claro! Me olvidé de ese pequeño detalle. Desde los 4 años que bailo, desde los 14 que lo hago profesionalmente, o sea, hace 14 años que vivo de la danza. ¡Siii! Se vive de la danza, no muy bien, pero es un trabajo. Me pagan por bailar. Si, qué lindo, hago lo que me gusta. Pero es un laburo, ¿eh? No se confundan.. Bueno, decía, siendo bailarina, y sabiendo algo de tango, el comentario me cayó como una patada en el hígado. Entonces, ¿qué hice para descargar mi indignación? Le mandé un mail a Alabarces. ¿Qué se yo? Por ahí lo leía, por ahí no. Tal vez le importaba un pito mi opinión, tal vez le disgustaba mi comentario. No sabía qué onda, pero yo tenía ganas de hacerme escuchar, y se lo mandé no más.

En el teórico siguiente el tipo empieza su clase como siempre: música, videos proyectados sobre el pizarrón, un despliegue de hojas, papeles, libros sobre el escritorio, el tipo yendo de aquí para allá, cada tanto emitiendo un sonido (un intento por tararear la melodía calculo) o generando algún movimiento espasmódico con su cuerpo (un tanto descuidado porque, como sucede con todo intelectual, la posesión de un cuerpo sólo tiene una razón de ser: sostener y transportar su cabeza de congreso en congreso). En fin, sus clases son un espectáculo. Pero un espectáculo con contenido, muy diferente al espectáculo al estilo Tinelli, Susana Jiménez y demás personajes mediáticos sobre los cuales prefiero no emitir comentario porque me iría al demonio y nunca terminaría con esta historia. Entonces, el tipo empieza el teórico con algunos anuncios institucionales. Micrófono en mano, y delante de 200 alumnos, anuncia:

“Seguimos con el tango, porque evidentemente el tango ha tenido mucho éxito y muy buena repercusión, a juzgar por las colaboraciones que muchos de ustedes me han mandado. Entre otros Julieta…”

Bueno, la cosa es que Alabarces lee mi comentario, agregando algunas notas de color de su autoría, adelante de toda esa muchedumbre de alumnos que, y esto me hace sonrojar un poco, encontraron mi comentario bastante divertido. ¡Hasta se escucharon unas cuantas risas! Y aquí termino esta historia, compartiendo con ustedes ese texto que le escribí a Alabarces en defensa del género femenino en ese mundo tan pero tan machista que es el del tango de burdel, calle y salón. Arriverderchi!


“Soy bailarina profesional, y entre otros géneros (clásico, contemporáneo), bailo tango. Naturalmente, tengo algunas cosas que decir a propósito de la frase “El tango consiste en 4 piernas y una cabeza”. Cierto es que en las milongas, donde no hay coreografías pues es todo improvisado, el hombre es quien manda, la mujer es quien obedece. Pero atención, las apariencias engañan: mientras que el rol del hombre consiste en la creatividad y la espontaneidad, acción puramente pulsional, el rol de la mujer, en cambio, es muchísimo más racional: a ella le toca codificar permanentemente las marcas de su pareja. Es decir, mientras el hombre se destaca por su capacidad de manejar a la mujer y de realizar combinaciones originales, la mujer ha de destacarse por su capacidad de leer rápidamente las sutiles marcas del otro y de efectuar adornos con sus piernas a fin de estilizar la danza. De esto se sigue que mientras que al hombre le basta con contar con un repertorio de posibles combinaciones que repite indistintamente a lo largo de la pista, y que realiza casi automáticamente, la mujer debe estar en constante alerta,leyendo, codificando, interpretando y, además, creando sobre la “creación” de su partenaire. No soy feminista, y por ello no interpretaré que la cabeza a la que aquella frase se refiere es la de la mujer. Por supuesto que la cabeza del hombre también es necesaria, pero por propia experiencia puedo decirle que cuando una conoce de verdad a su partenaire, llega a leer anticipadamente sus marcas, a tal punto que me he llegado a preguntar si se trata realmente de una percepción altamente desarrollada producto de una profunda conexión con el otro, o si de algún modo la cabeza del hombre se torna tan básica, que cuando él va, yo fui vine, fui vine, fui vine… “

Veinte años del Ballet Folklórico Nacional

El Centro Nacional de Música celebró el vigésimo aniversario
del Ballet Folklórico Argentino. Los fundadores de la compañía,
Norma Viola y Santiago Ayala, fueron homenajeados.

Por Julieta Gros

El Ballet Folklórico Nacional (B.F.N.) se presentó en el Centro Nacional de la Música el domingo último, con un espectáculo que se caracterizó por el profesionalismo de sus bailarines. A 20 años de su creación, la compañía fundada por Norma Viola y Santiago Ayala, más conocido como “El Chúcaro”, cautivó a un público que pudo disfrutar del auténtico arte nacional, en un año tan propicio como es el del Bicentenario para sentir la esencia de la argentinidad.
El Centro de la Música abrió sus puertas una hora antes de que se diera inicio a la función, para permitir el ingreso libre y gratuito de los primeros espectadores precavidos que pudieron disfrutar del espectáculo desde la comodidad de sus butacas. Aquellos que llegaron justo sobre la hora debieron permanecer parados, ya que las localidades eran limitadas.
La función comenzó con “Homenaje a Norma y Nylda Viola”, con coreografía de Rodolfo Lastra y música de Alberto Ginastera. Esta danza se realizó en memoria de las hermanas Viola, maestras de la compañía desde su fundación, el 9 de julio de 1990. Pero las verdaderas raíces del B.F.N. se encuentran en los años 30 del siglo XX, momento en el que se puso en marcha un proyecto cultural que tenía por objeto construir una identidad nacional en un contexto marcado por un fuerte cosmopolitismo, resultado del proceso de modernización impulsado por la generación de 1880. El movimiento tradicionalista y folklorista buscó en el interior el auténtico arte nacional y en la figura del gaucho, el símbolo de la patria. Hombres como Lazarreta dedicaron su vida a recolectar las diversas danzas y canciones propias de cada región, y a difundirlas por todo el país. Siguiendo sus pasos, el Chúcaro conformó junto a Norma Viola una compañía de danza folklórica con la que realizó varias giras por las provinvias argentinas, procurando conservar en cada una de las danzas sus rasgos típicos y regionales.
El segundo cuadro del encuentro fue” Chacarera de la Luna”, con coreografía de Santiago Ayala y Norma Viola y música y letra de Atahualpa Yupanqui, uno de los padres de la música folklórica junto con Buenaventura Luna. La primera parte del espectáculo cerró con “Misa Criolla”, dedicada a la memoria de Ariel Ramírez, con coreografía de Nydia Viola y música de Ariel Fernández. En este cuadro se representa el martirio de Jesucristo con un gran silencio y devoción, que estalla luego en una ruidosa alegría por la Resurrección.
Actualmente, el B.F.N. depende de la Secretaría de Cultura de la Nación. Según fuentes cercanas al Ballet, la compañía del Chúcaro se nacionalizó a raíz de una promesa que le hizo Carlos Menem cuando todavía era gobernador de la provincia de La Rioja. Luego de verlo bailar con su compañía, Menem se comprometió con el Chúcaro a nacionalizarla, en caso de que asumiera la presidencia, y no lo defraudó.
Luego de un pequeño intervalo, la segunda parte del espectáculo abrió con “Danza de las Hilanderas”, con coreografía de Santiago Ayala y Norma Viola y música de Ariel Ramirez, en la que se hace homenaje a las teleras del noroeste argentino por haber mantenido a través del tiempo una de las artesanías más importantes de Argentina. A continuación, dos bailarines se lucieron en “La cita”, con música de Chazarreta.
Como cierre el Ballet desplegó todo su brillo en “Amanecer Salteño”, con coreografía del legendario Chúcaro y Norma Viola, y música de Attadía. El público aplaudió de pie esta última danza, inspirada en los gauchos de Güemes que dieron sus vidas en defensa de la patria.
El B.F.N. se presentará nuevamente en el centro el 27 y 28 de Mayo con el mismo repertorio. También participará en los festejos por el Bicentenario, realizando el 25 de Mayo un desfile por la ciudad desde el obelisco hasta la Casa Rosada. El 9 de julio actuará en el Teatro Alvear para festejar el 20° aniversario de su fundación, homenajeando a sus padres fundadores con la pureza y la autenticidad que distinguen a cada uno de los 34 bailarines que conforman el Ballet Folklórico Nacional.

Ganar un premio no sería una cuestión de suerte


Ayer por la mañana la Sra. Marcela fue premiada con un auto o km por haber comprado en el supermercado Carrefour de Villa Luro un paquete de papas fritas que contenía un cartón ganador. ¿Puro azar?
Como suele hacer todos los lunes, Marcela realizaba sus compras en el supermercado más cercano a su casa. Mientras recorría las diversas góndolas notó la presencia de un hombre vestido de traje que la observaba insistentemente. Un tanto incómoda siguió su recorrido habitual hasta llegar a la sección de snaks. Al tomar un paquete de papas fritas el hombre trajeado se le acercó para persuadirla de que escogiera una marca distinta. El producto que le ofrecía se hallaba en promoción y tras hacer un rápido cálculo, Marcela accedió a cambiar su elección. Tomó el paquete que el hombre le entregó y siguió su camino. Al finalizar la compra, se dirigió a la caja registradora. Junto con un grupo de hombres igualmente trajeados la esperaba aquel señor, quien pidió a Marcela abriera el paquete de papas fritas puesto que dentro encontraría un cartón para raspar. Extrañada, tomó del paquete el cartón, lo raspó y leyó en voz alta: “AUTO O KM”. Tras verificar la información, el hombre la felicitó por haber tenido la “fortuna” de elegir el paquete ganador.

Así pues, ganarse un premio no parece ser una cuestión de suerte. Luego de contarme esta historia, Marcela me confiesa su mayor curiosidad: ¿qué habrán tenido en cuenta estos hombres para decidir que yo era la elegida?

viernes, 4 de junio de 2010

El valor de uso de una mercancía peculiar

Alguno se habrá topado alguna vez con estos objetos de forma rectangular cuyas medidas oscilan entre los veinte centímetros de largo por unos quince de ancho apróximadamente. Tienen en su interior gran cantidad de papeles del mismo tamaño y espesor, todos igualmente rectangulares y blancos, sobre los cuales se hallan impresas con tinta negra diversas figuras que se repiten y combinan de múltiples maneras. Dichas figuras se encuentran dispuestas en líneas horizontales que se despliegan, una debajo de la otra, a lo largo y a lo ancho y a ambos lados de todos y cada uno de los papeles, los cuales pasaré a denominar hojas por tener un derecho y un revés. La cantidad de hojas varía de un objeto a otro y en todos los casos están unidos por el costado izquierdo más largo del rectángulo mediante diversas técnicas de ensamblado. La suma de los papeles adquiere unidad con la presencia de otras dos hojas ubicadas por delante y por detrás de las demás y que se distinguen por su color y mayor espesor. Además de darle unidad al objeto, estas hojas tienen la función de proteger al resto, del mismo modo que la tapa de una caja tiene por objeto contener y resguardar su contenido. Llamaré entonces tapa a la hoja de adelante y contratapa a la de atrás. La tapa consta de las mismas figuras que encontramos en las hojas internas, aunque más llamativas y grandes que aquéllas, y pueden o no estar acompañadas por dibujos e ilustraciones. Hay tapas duras que parecen aportar al objeto un plus de distinción, un plusvalor que está relacionado con otra característica fundamental de este objeto: es producto del hombre y no de la naturaleza. Este tipo de cosas no se obtienen de la rama de un árbol sino que son el resultado de horas de trabajo humano, y sólo podemos encontrarlas en el mercado. Allí se compran y se venden estos productos, que son ya mercancías, y el valor de las mismas varía según la calidad de su material y la cantidad de tiempo de trabajo humano en ellas incorporado. Sin embrago, sucede a veces que algunos de los menos gruesos y lujosos de estos artefactos son los más costosos. Me pregunto, pues, qué es lo que verdaderamente da valor a estos artificios misteriosos. Sabemos que un objeto, para ser mercancía, debe tener un valor de uso y un valor de cambio. Estos objetos tienen indudablemente un valor de cambio, pues todos ellos contienen tiempo de trabajo humano y son efectivamente vendidos y comprados en el mercado. Ahora bien, ¿qué podemos decir de su valor de uso? Si tal cosa es una mercancía, alguna necesidad ha de satisfacer, pues de lo contrario no podría ser considerada mercancía. Me propongo aquí descubrir el valor de uso de estos objetos a partir de la observación de los momentos en que distintos hombres y mujeres se disponen a hacer uso de los mismos.

Las siguientes observaciones han sido extraídas de un trabajo de sondeo que toma como muestra a cien individuos de la ciudad de Buenos Aires elegidos al azar, en la esfera tanto pública como privada, y que describen los momentos en que el hombre, sea mujer o varón, se dispone a hacer uso del objeto investigado:

Lo más común es que el hombre sostenga el objeto con sus manos. Si bien es posible que lo apoye sobre una mesa o sobre su regazo, en todos los casos sus manos siempre están activas y manipulando al objeto de diversas maneras.
Generalmente el hombre se coloca en una posición cómoda pues suele permanecer en ese mismo lugar durante el tiempo que dure la utilización del objeto. El tiempo promedio es de una hora. Es preciso aclarar que este dato es poco representativo en tanto que existe una gran brecha entre los tiempo mínimos y máximos de duración extraídos del muestreo: encontramos casos de dos minutos y otros que se extienden a cuatro horas o más de duración.
Sea cual sea el tiempo de duración, lo más común es que el hombre se encuentre sentado, aunque también se han visto casos de personas que, recostadas sobre el césped de un parque, paradas en un vagón de un tren en marcha, o incluso caminando, hacen igualmente uso de esta cosa aparentemente tan versátil. De cualquier manera, de los datos obtenidos, el lugar por excelencia elegido por los hombres al momento de disponer del objeto resulta ser un sillón, generalmente situado en la intimidad del hogar y en un ambiente tranquilo y silencioso.
En la mayoría de los casos, el hombre coloca el objeto a la altura de su ombligo, inclina su cabeza levemente hacia abajo y fija su mirada en el objeto. De vez en cuando cambia de posición o realiza algún movimiento que hace que su mirada se aparte del objeto, pero sólo por unos instantes. Ejemplo de esto se da cuando el hombre bebe de un vaso de agua que no por causalidad se encuentra al alcance de su mano. Y digo que no es casual porque durante todo el período en que el hombre hace uso del objeto, no es común que haga otra cosa. Por así decirlo, evita toda clase de distracciones y para ello, hay un momento previo en el que el hombre se aprovisiona de todas aquellas cosas que necesitará, como anteojos, cigarrillos, encendedor y cenicero, una buena luz, un sillón donde sentarse, etc.
Una vez acomodado, el hombre toma el objeto con sus manos y lo abre, quedando la tapa sostenida por su mano izquierda y el resto de las hojas y la contratapa por su mano derecha. Cada tanto, toma una de las hojas de la derecha y la pasa hacia el lado izquierdo. Esto se repite varias veces, por lo que con cada nuevo movimiento la fila de la izquierda va ganando en grosor mientras que la de la derecha se va reduciendo progresivamente. Llamaré a este procedimiento movimiento manual.
Existe otro tipo de movimiento, independiente pero estrechamente ligado al anterior, al que llamaré movimiento ocular y que consiste en el recorrido casi imperceptible que efectúan los ojos del hombre cuando se enfrentan al objeto: empezando por la parte superior de la hoja, a veces situada en la pila de la derecha y otras veces en la de la izquierda, ambos ojos se dirigen lentamente de izquierda a derecha para luego volver rápidamente al punto inicial, aunque unos milímetros más abajo. Esto lo hacen repetidas veces, descendiendo cada vez un poco más, hasta llegar al final del papel.
Es en el momento en que sus ojos se topan con los límites del papel cuando el movimiento ocular se combina con el movimiento manual: el hombre toma el papel de la derecha para pasarlo al lado izquierdo. Y una vez más, el hombre inicia su movimiento ocular, empezando por la parte superior de la nueva hoja traspasada. Llamaré a esta articulación de los movimientos manual y ocular proceso de coordinación sensorial.
El proceso de coordinación sensorial se reitera varias veces, pero no siempre ininterrumpidamente: puede suceder que el hombre vuelva sobre una hoja ya trasladada de derecha a izquierda, produciendo así un movimiento contrario al normal. O bien, puede ocurrir que su mirada ascienda repentinamente para retomar el camino del descenso. He observado que, en general, estos tipos de movimientos van acompañados de otros, como el frunce del entrecejo o la utilización del dedo índice como guía para el movimiento ocular.
Luego de varios movimientos manuales y oculares el hombre abandona el objeto, no sin antes colocar una especie de papel rectangular de unos veinte centímetros de largo por unos cinco de ancho entre las hojas que ha observado por última vez. A este proceso lo denominaré señalización. Lo cierra y deposita en algún lugar visible, generalmente sobre la mesa de luz próxima al sillón, y así queda el objeto, inutilizado e inerte, por períodos que pueden llegar a durar días, semanas y hasta meses.
El tiempo de inactividad del objeto se detiene en el momento en que el hombre vuelve a apoderarse de él. Lo abre en el preciso lugar donde antes había colocado el pequeño papel y enseguida retoma los movimientos manuales y oculares. En un momento dado, el hombre se detiene, coloca el pequeño papel entre las dos últimas hojas que ha observado y lo cierra para dejarlo otra vez inactivo hasta la próxima ocasión.
En cada nuevo retorno del hombre al objeto, y con cada nueva señalización, el pequeño papel se va acercando a la contratapa, y una vez que la alcanza, el objeto parece haber perdido toda su utilidad, si es que en algún momento la tuvo. Yace por un tiempo indefinido sobre la mesa de luz hasta que, en un cierto punto, es colocado en un estrecho lugar plagado de otros tantos ejemplares de su tipo entre los cuales se pierde. Y allí permanece, inútil y haragán, durante meses, años o incluso décadas. Puede suceder que algún otro hombre, o incluso el mismo que lo ha abandonado, lo rescate de entre los escombros de la pereza y del olvido. Sin embargo, lo más común es que su utilidad muera en esa primer y única experiencia.

domingo, 19 de abril de 2009

El paraguas

Apenas colgué el teléfono salí disparando para encontrarme con Jorge en el bar de siempre. Estaba por cruzar el umbral de casa cuando siento a mi madre – siempre pendiente de mí, su única hija, de quien con orgullo se la pasaba hablando con las vecinas del barrio acostumbradas a escuchar el siempre bien ponderado preámbulo de porque mi hija, la futura contadora que anticipaba cada uno de sus relatos en los que yo protagonizaba el rol de la heroína – corriendo agitada detrás de mí para alcanzarme el paraguas color azul marino que tomé sin vacilar, pues llovía copiosamente y las horas dedicadas al secado y alisado de mi cabello con la plancha a vapor de la nona hubiesen resultado una pérdida total de tiempo. Protegida bajo el paraguas me dirigí hacia la parada del 132 al tiempo en que un vendaval de cuestionamientos se apoderaron progresivamente de mi paz interior. El llamado de Jorge me había inquietado sobremanera, no tanto por la sutil pero incuestionable frialdad con la que se me había dirigido, pues hacía varios meses que los tonos habían perdido toda dulzura, sino antes bien, porque esta vez pude presentir que los días de disputas habían terminado y que el día del juicio final había sido ya anunciado, sin que yo tuviese ni arte ni parte en la toma de decisiones.




La llegada del 132 interrumpió la marea de interrogantes, pero sólo por unos instantes, pues una vez ubicada en el único asiento que hallé libre, los recuerdos volvieron a asediarme. Habían pasado ya cuatro años desde la primera vez en que la brillantez y el carisma atractivo de Jorge me habían conquistado durante la cursada de Matemática Financiera. Con la excusa de estudiar juntos esa materia, nos la ingeniábamos para encontrarnos por las tardes en el bar de la esquina de la Facultad de Ciencias Económicas, testigo y cómplice del nacimiento de nuestro amor, un amor que nos había dado vuelta a los dos, un amor de uñas y dientes, de peleas aguerridas y de reencuentros aún más apasionados. ¡Tantas cosas habíamos vivido en ese bar! Y ahora nos juntaríamos allí nuevamente, para seguir escribiendo nuestra historia.




La marcha de mi engranaje mental se detuvo junto con la del colectivo. En la esquina de las Avenidas Juan B. Justo y Santa Fe un grupo personas impacientes descendieron atolondradamente. Tras ellas descendí yo parsimoniosamente, pero tan pronto como tremendas gotas empaparon mis tacones, mi ufanada sensatez perdió la línea sin reparo alguno. Desesperada volví tras mis pasos en busca de mi paraguas que yacía casi olvidado sobre el suelo del colectivo. Afortunadamente, el semáforo en rojo colaboró con mi causa y sin demasiados obstáculos logré bajarme del colectivo airosa, con mi paraguas azul marino y mis zapatos todavía secos haciendo juego.




Quedaba todavía un buen tramo del viaje, y por desgracia, también un buen tiempo para seguir atormentándome con más preguntas: ¿cómo habíamos llegado a esta situación?, ¿como pudo él ser capaz de resolver esta paradoja que había hecho de nuestra relación uno de los episodios más trágicos de esas novelas que mi mamá suele escuchar por las tardes en la radio mientras teje? Hacía meses que venía intentando resolver este conflicto y por más que lo hablara hasta el hartazgo con mis incondicionales amigas - ¡pobres ellas, sí que me habían tenido paciencia! - no había logrado conciliar la idea de una vida junto a Jorge y una familia con hijos no cristianos. En verdad, yo no era una cristiana muy ejemplar que digamos. Por ese entonces, y tal vez un poco influenciada por el ateísmo de Jorge – definitivamente idealista y con esas ganas propias de la década del 60 de cambiar el mundo – me hallaba bastante alejada de la Iglesia. Y sin embargo sentía como un deber, como una necesidad, mostrarles el camino a mis futuros hijos, hacerles llegar el mensaje de Jesús. Lo que ellos decidiesen luego sería ya otra cosa, pero yo tenía la fuerte convicción de que era mi responsabilidad “colocarlos” en algún lugar dentro de ese universo tan complejo e incomprensible de las creencias. No obstante, era esa convicción tan fuerte como la de mi amor por Jorge. Lo amaba, lo quería a mi lado para siempre, pero… Me encontraba en una encrucijada, y como siempre me ha ocurrido en tales circunstancias, era incapaz de afrontar los embates de la vida. Estaba completamente bloqueada y avergonzada por no saber finiquitar con el masoquismo al que nos había expuesto a ambos por ya demasiado tiempo. Jorge me ofrecía vivir el aquí y el ahora, el aura de la juventud y, quizás, el de la vejez. Y si bien ese era exactamente el camino que más deseaba transitar, lo intuía inverosímil. Sabía que tarde o temprano mis propios valores, aquellos en los que no coincidíamos, me pasarían recibo.




Ya en el subte, mi mamá - mujer bondadosa y de fe ciega en Dios y en todos los santos, pero particularmente devota de Santa Rita, la santa de los imposibles y a quien yo, según palabras de mi vieja, debo mi existencia y mi segundo nombre, pues los médicos le habían prohibido embarazarse por los enormes riesgos a los que ella misma podía exponerse debido al delicado estado de su columna vertebral, profundamente dañada en su niñez cuando cayó por las escaleras de la casa de su tía luego de haberla sorprendido haciéndole el amor a un hombre que no era su tío – se hizo presente en mis pensamientos. ¡Cuánto la había hecho sufrir con esta relación! ¡Cuánto nos habíamos alejado por su causa! Desde el momento en que me di cuenta de que ella no podría entenderme y que todas mis explicaciones no harían más que profundizar su dolor, decidí ahorrarle más angustias mediante el silencio, primero de los detalles, y luego, de todo en general. Jamás le reproché su incomprensión. Lo único que quería mi mamá era mi felicidad, felicidad que jamás hallaría junto a Jorge. Y yo se lo toleré con genuina compasión.







Estación Facultad de Medicina. Ascendí las escaleras como entregándome al destino, sabiendo que las cartas estarían en minutos sobre la mesa y que sería únicamente él quien determinaría las reglas del juego. Mi debilidad era latente, pero ya no me importaba. No había lugar para el orgullo en esa tarde tan gris, tan triste, tan sin sentido. En algún rincón de mi tristeza yacía la esperanza de que mis malos presagios fuesen una quimera, aunque en el fondo sólo estuviera intentando amenguar el dolor que crecía y aumentaba a medida que me acercaba al bar.




Ya en esquina de Uriburu y Córdoba logro divisar a Jorge acercándose por la vereda de enfrente. Desprotegido ante la lluvia, cruza corriendo la calle como si con ello pudiese evitar mojar los ya empapados pantalones. Nos saludamos torpemente antes de entrar al bar, nos sentamos en la mesa de siempre y ordenamos lo habitual. Apenas hubo el mozo apoyado sobre la mesa los dos pocillos de café, Jorge lanzó su discurso, el cual fue breve y contundente. El me amaba con locura y lo único que me pedía era que lo tomase de la mano y caminase junto a él bajo la lluvia, libre y espontáneos, empapados. Pero entendía mis razones, y así como él no podría prometerme una vida con valores ajenos, jamás podría exigirme que yo renunciase a los míos. Con todo el dolor me dejaba ir. No me tenía rencor, al contrario; yo estaba actuando conforme a lo que sentía, algo que siempre él había admirado. De otra manera, lo hubiese decepcionado. Se había dado cuenta de que yo no tomaría una decisión, simplemente porque no podía hacerlo, y que entonces era él quien debía tomarla por los dos.




No había nada que agregar. Yo apenas si asentí con la cabeza, o creí hacerlo, y me esforcé por pedir la cuenta sin que mi garganta cerrada delatara mis reprimidas ganas de llorar, llorar como una niña, como una loca, llorar patéticamente mostrándole mi debilidad. No lo hice. Me levanté apurada, y apenas rozando una mirada, una última mirada con Jorge, con mi Jorge a quien aún amaba, caminé tan rápido como mis zapatos de taco alto me lo permitieron, y mientras bajaba con desesperación las escaleras del subte, escucho a Jorge llamar mi nombre: - ¡Mónica!




¡Ah! ¡Qué alivio! ¡Cómo me había asustado! ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Sabía que Jorge no me dejaría así, tan sencillamente, sin intentar retenerme! Di la vuelta y allí lo veo, al final de la escalera. Era mi Jorge, mi amor, mi querido Jorge... Subo rápidamente y me lanzo a sus brazos. Las lágrimas se me escaparon finalmente, ya no las reprimía. Las cosas se solucionarían de algún modo, ya se encontrarían las respuestas. Pero nada era más importante que lo que sentíamos, nada era más fuerte que nuestro amor, ni siquiera nosotros mismos….




Quedé aferrada a él por un buen rato, hasta que pude recuperar mi aliento y mi cordura. Despegándome levemente de su pecho, me seco las lágrimas manchadas de rímel, y lo miro, lo miro apasionadamente a los ojos esperando que me bese. Él me devuelve la mirada, aunque de un modo distinto, y sin vacilar ni por un segundo me dice con suma dulzura: - Tu paraguas.




jueves, 5 de marzo de 2009

Mi vida una gran gira

Desde que tengo 14 años que no paro de girar. Con una gran valija que excedía el peso permitido por la aerolínea, partí con el permiso que mis padres timoratos me entregaron cual un cofre repleto de oro y de confianza a danzar por la Atenas de los dioses paganos. Desde entonces, no cesé de subirme a aviones, micros e incómodas combis en las que durante horas intentaba en vano encontrar la posición que evitara los malditos calambres o las típicas contracturas que como secuelas quedaban impresas en mi cuerpo haciendo de las primeras funciones de la gira verdaderas torturas. Nunca logré acostumbrarme al trajín de los viajes. Las pastillas apenas si lograban adormecerme sin poder nunca conciliar el sueño, el vino me alegraba hasta el punto de hacer papelones, llamando la atención de las azafatas que acudían indignadas a retarme como a una niña, y de verdad que lo era. Durante los viajes nocturnos en micro era la más odiada de la compañía ya que siempre encontraba algún sonámbulo que como yo había renunciado ya a los placeres del sueño pero que tenía mejores habilidades para la técnica del susurro. Tampoco logré habituarme a las siempre chicas, desordenas e insoportables valijas. No fueron pocas las veces que hube de comprarme un pequeño bolso hacia el final de la gira para poder meter a la fuerza todas las porquerías que iba acumulando a lo largo del camino. Lo cierto es que odio viajar, lo odio inconmensurablemente, mas es lo único que he estado haciendo desde ese entonces. A los 19 renuncié a esa vida, y con miras a establecerme en un lugar y colocar toda mi ropa en un placard, entré a trabajar en una compañía local con un teatro propio ubicado en el centro de Buenos Aires. Dichosa estaba hasta el momento en que durante una reunión el director nos informa, feliz y orgulloso, acerca de la concreción de la tan buscada y ansiada gira a Canadá. ¡La puta! Nunca se había oído hablar de una gira en esa compañía y justo cuando yo entro se concreta una del otro lado del Ecuador, en donde el crudo frío ya se estaba preparando para recibirnos con toda su furia.



No puedo echarle la culpa al azar. No sólo he sido víctima sino también culpable de esta condena a la que me he sometido y elegido desde siempre. A los 21 años surge una posibilidad de trabajo en Estados Unidos, y mi rechazo a los viajes no pudo con mi ambición de crecer. Aterricé en New York con una maleta. Era diciembre y el frío me congeló hasta los huesos cuando salí del aeropuerto. Durante 2 años soporté la gira más larga de mi historial; 2 años seguidos viajando de ciudad en ciudad por todos los Estados Unidos. Para cuando decidí terminar con ese martirio, ya eran tres las valijas con las que debí cargar para mi retorno a la Argentina, además de las 4 enormes cajas llenas de ropa de verano que debí enviar por barco y que, para mi desgracia, tardaron 2 meses en llegar a destino, justo cuando el verano en Buenos Aires había finiquitado.



La cosa no termina ahí. Sin que nadie me obligara, y tras 6 meses de hermosa quietud, creí que Europa sería irremediablemente el paso a seguir, y una vez más, bajé la maleta del altillo y me dispuse a armar lo que para mí fue la valija más liviana de mi vida. Pesó 24 kilos y medio y la llamé Roberta. Con ella llegué a Madrid, viajé a la cautivante Barcelona y llegué hasta la Turín, donde conseguí trabajo en una compañía independiente que, por supuesto, estaba dispuesta a arrancarse las vestiduras por viajar. Mi primer gira con la compañía turinense fue curiosamente Buenos Aires. Allí no pude contener el impulso de llevarme más ropa y otras cuestiones que me harían la vida imposible al momento de regresar, un año después, al país que me vio nacer. No tengo dudas de que ese regreso fue, en cuanto al asunto de las maletas, el más fastidioso y largo de todos. No sólo debí pagar por sobrepeso y enviar unas cuantas cajas vía marítima, las cuales tardaron sus correspondientes 2 meses en llegar, sino que además debí dejar unas cuantas bolsas a mis compañeros italianos que por fortuna tenían planificado hacer una gira por Buenos Aires unos 3 meses después de mi partida.



Y la gira sigue; esta historia, amigos míos, tiene todavía para rato. Ya con 25 años tenía claro que mi lugar era Buenos Aires. Basta ya de esos intentos todos truncos de no ser porteña. Lo era, y además, siempre había sido feliz de serlo. Sin embargo, comprender que viajar no era lo mío no resultó ser el paso definitorio a la estabilidad. Mis pies estaban inquietos y me llevaron de paseo, y lo siguen haciendo, por distintas casas y departamentos de mi querida ciudad. Así fue que de la casa de mis viejos me fui por 4 meses a un departamentito en la calle Gascón, y de ahí a la casa de mi novio de la cual debía irme cada vez que su padre los venía a visitar desde Corrientes. Finalmente me compré un PH hecho pedazos con el objetivo de reciclarlo en 3 meses, palabras del arquitecto. Hace ya 12 meses que espero los benditos permisos de la fucking municipalidad para hacer dos pelotudeces mientras todos los demás levantan edificios enteros sin ningún permiso, tirando cometas y papelitos de color verde mientras yo los miro desde mi pequeña villa, así me gusta llamar a esta casa que se cae a pedazos y que sólo ha podido cobijarme por unos meses hasta que una tremenda lluvia arrasó con las viejas cañerías inundando hasta las rodillas cada rincón de su ser. Ergo, he vuelto a la casa de mis suegros y de mis tres cuñadas con las que intento convivir de la mejor manera, es decir, a la de ellas. Y es justo. Yo soy la extranjera en su reinado. No puedo quejarme. Pero quiero hacerlo. ¡Estoy podrida de esta mierda de las valijas, de los viajes, de las mudanzas! Ya no se dónde están mis cosas, ya no se ni lo que tengo ni para qué lo tengo. ¿Llegará ese día en el que viajar sea para mi un placer como escucho que lo es para todos los demás? Ya no quiero bailar, ahora sólo quiero quedarme tranquila, con los pies bien firmes en la tierra, y empezar a echar raíces….

viernes, 20 de febrero de 2009

La danza en la época de su perfectibilidad técnica

A lo largo de mi carrera profesional como bailarina me he encontrado en varias oportunidades preguntándome acerca de esto llamado danza. Mi inquietud surge, por un lado, de una observación personal que me ha llevado a la hipótesis según la cual la danza, a lo largo de su desarrollo, ha ido encaminándose en una búsqueda progresiva de la perfectibilidad del cuerpo. Hoy día, el énfasis está puesto en la estética corporal, que tiende cada vez más hacia una delgadez insana y enfermiza, y sobre todo, hacia el logro de una técnica y un virtuosismo que bordean lo circense. En virtud de esta tendencia, sospecho que la danza se ha ido acercando a la esencia del deporte, cuyo principal objetivo es la máxima potencialidad física de modo tal de alcanzar altos niveles de competitividad. Así, la danza ha consagrado al cuerpo en desmedro del alma, la técnica en detrimento del arte. Reconozco que esta hipótesis puede parecer algo apresurada, por lo que antes de argumentar sería conveniente exponer algunas definiciones a propósito de los tres conceptos cabales hasta aquí mencionados, a saber: el arte, la danza y la relación cuerpo-alma. Antes de ello, quisiera exponer una segunda cuestión que me ha llevado a indagar sobre esta parte tan importante de mi vida y es el hecho de que pese al placer enorme que la danza me brinda, la encuentro incapaz de satisfacer mi apetito intelectual, razón por la cual me he visto en la necesidad de buscar en la formación universitaria un espacio donde compensar ese vacío. Este trabajo, empero, ha modificado sensiblemente la perspectiva desde la cual he siempre mirado a la danza, y en consecuencia, mi concepción primera de la misma. Pero no quiero adelantarme. Quisiera continuar por donde empecé, a fin de dejar constancia del proceso por el que he pasado y gracias al cual he podido reconocer una contradicción de la cual fui por mucho tiempo víctima, o responsable, de manera totalmente inconsciente.


¿Qué es el arte?

Basta con investigar en algunas pocas fuentes para dar cuenta de que estamos frente a un término por demás complejo y polémico, y por lo tanto, extremadamente difícil de definir. Confieso ser simpatizante de la mirada crítica del arte sostenida por los autores de la Escuela de Frankfurt y, en particular, de la concepción elaborada por Walter Benjamin, para quien el arte en la época de su reproducción técnica habría perdido su aura y su valor cultual, pero no obstante ganado en su capacidad exhibitiva#. A partir de entonces, el arte tendría la posibilidad de provocar en su público, cada vez más masivo, un tipo de mirada, un desarrollo de la subjetividad que conduciría a las masas a la reflexión. En contra de las vanguardias estetizantes, por desvincularse de lo político y de lo social, y de la industria cultural, por convertir a los productos artísticos en meras mercancías para el entretenimiento de las masas desatentas, Benjamin propone un arte fuertemente comprometido con la sociedad. La nueva función social del arte, la exhibitiva, tendría entonces un fuerte impacto sobre la consciencia social de las masas, por lo que el compromiso de los artista con lo político podría hacer de este arte atravesado por la tecnología una instancia revolucionaria.

¿Qué es el alma?

Platón concebía al cuerpo como la cárcel del alma. A través de su conocida Alegoría de la Caverna explica metafóricamente la imposibilidad de los hombres de acceder a las verdades absolutas por encontrarse prisioneros en el mundo sensible. Sólo los filósofos tendría entonces la posibilidad de acceder al mundo intelegible porque estarían más capacitados para alcanzar el conocimiento verdadero. El dualismo platónico fue retomado por la Iglesia y se convirtió en la mirada dominante de la sociedad occidental, lo cual condujo a un desprecio por el cuerpo humano, considerado como una morada indigna para la pureza del alma.
Una de las promesas más destacadas de la Modernidad fue la liberación del cuerpo: había que abolir la dualidad cristiana de alma y cuerpo para que el hombre pudiese ser finalmente y plenamente libre. Esta obsesión por liberar al cuerpo de sus ataduras no tuvo en cuenta la advertencia de Hegel, para quien estábamos obligados a entrar en la era de la dualidad cuerpo-alma porque “el espíritu tenía que diferenciarse

del cuerpo y de sus necesidades continuamente insatisfechas para poder alcanzar su plena armonización al final de la Historia”#. Esta concepción, empero, ha sido fuertemente criticada por el materialismo histórico y de manera explícita por Herbert Marcuse, quien describe la historia del idealismo como la historia de la aceptación de lo existente. El idealismo ha alimentado el desarrollo de una mala conciencia mediante una concepción particular de la cultura a la que denomina Cultura Afirmativa. Bajo este concepto se entiende

aquella cultura que pertenece a la época burguesa y que a lo largo de su desarrollo ha conducido a la separación del mundo anímico-espiritual, entanto reino independiente de los valores, de la civilización, colocando aquél por encima de ésta. Su característica fundamental es la afirmación de un mundo valioso, obligatorio para todos, que ha de ser afirmado incondicionalmente y que es eternamente superior, esencialmente diferente del mundo real de la lucha cotidiana por la existencia, pero que todo individuo "desde su interioridad", sin modificar aquella situación fáctica, puede realizar por sí mismo#.

La cultura afirmativa convalida, pues, la división cuerpo-alma, eliminando toda vinculación con lo material para lograr la aceptación y conformidad de los hombre respecto de sus condiciones materiales de existencia. Frente a esto el marxismo responde que no es la conciencia lo que determina la vida del hombre, sino que es el ser social el que determina su propia conciencia.

¿Qué es la danza?

Luego de varias lecturas sobre diversos autores que se animaron a definir esta "área del arte", logré toparme con una concepción de la danza con la cual coincido plenamente. Me refiero a la sostenida por Isadora Duncan, cuyo estilo supuso una ruptura radical con la danza clásica. Para ella, la danza consistía en una búsqueda de la esencia del arte que sólo puede proceder del interior. Mientras que las escuelas de baile enseñaban a sus alumnos que el resorte de todo movimiento se hallaba en a espina dorsal, a partir de la cual brazos, piernas y tronco brotaban en libre movimiento, produciendo como resultado un movimiento mecánico, artificial, indigno del alma, ella por el contrario buscó ese resorte en “el manantial de la expresión espiritual para encauzarlo en los canales del cuerpo”#.
Isadora Duncan se consideraba enemiga del ballet porque este separa al alma del cuerpo y fundamentalmente porque se mostraba en contra de todo convencionalismo, actitud propia de la vanguardia. Los movimientos clásicos eran bellos y graciosos, mostraban las formas delicadas; los movimientos de Isadora no mostraban, significaban, apuntaban a comunicar sensaciones, expresaban el estado del alma. Para ella el arte se fundaba con la vida, y por lo tanto, todos éramos artistas. Esto muestra su deseo de romper con la esfera autónoma del arte y en este sentido, puede plantearse un fuerte vínculo entre su concepción de la danza con la idea del arte desarrollada por W. Benjamin.
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Luego de hacer este repaso por las distintas concepciones que ciertos autores sostienen acerca del arte, la danza y la relación cuerpo-alma, y de exponer mi inclinación por las desarrolladas por la Escuela de Frankfurt, Isadora Duncan y el materialismo histórico respectivamente, me encuentro con una realidad en la que me es difícil volcar esta mirada. Me refiero a las condiciones reales de existencia en las que se halla hoy inmerso un bailarín profesional, para quien buscar en la danza un lugar de expresión de ideas e incluso un medio para la acción está totalmente fuera de sus posibilidades. En tanto proletario dancístico, en última instancia puede sólo expresar las ideas de aquellos pocos que sí pueden explotar a la danza como un arte comprometido con lo social, aunque quienes tienes los medios de producción ideológica y artística están en general al servicio del orden vigente. Es en este escenario en el que he crecido y desenvuelto como bailarina, en medio de una masa de bailarines que ya no tienen voluntad sobre sus propias consciencias y que responden a una concepción del mundo y de la danza que les es impuesta por una fuerza que no pueden controlar. Así, el bailarín no tiene opción de aprehender la verdadera riqueza artística y espiritual que la danza puede brindarle, y sólo se ha quedado con su cuerpo al cual busca dominar para alcanzar la perfección necesaria de manera de asegurarse un lugar en el proletariado dancístico, o en el peor de los casos, en el ejército de reserva. Es esta realidad la que ha convertido a la danza en algo que ya no puede llamarse arte, muy a pesar mío en tanto parte de este mundo. Estamos los bailarines inmersos en una completa alienación y hemos olvidado que antes de bailarines, somos personas que bailamos, pensamos, soñamos y reflexionamos, y que todo ello puede fusionarse en una misma fuerza. La danza es cuerpo y alma fundidos en una sola experiencia y que puede tener infinitos motores y objetivos, pero una sola esencia: la expresión libre de esa misma fusión.
Es en este punto de reflexión donde he tomado consciencia de la contradicción a la que me he referido hacia el inicio de este trabajo. Por un lado lamento la pérdida de artisticidad de la danza que la condujo a convertirse en una mera actividad física que en poco y nada se diferenciaría del deporte. Lo que estoy denunciando, en otras palabras, es la progresiva separación del cuerpo y del alma en la danza, aunque se trataría de un dualismo inverso al platónico en el sentido de que es aquí el cuerpo el que primaría sobre el alma. Me coloco entonces en una posición desde la cual considero a la danza como un medio de expresión artística, que va más allá de lo físico; el cuerpo sería entonces parte de esa fusión aurática y no el fin último, tal como sospecho lo considera actualmente el mundo de la danza para sí. Sin embargo, al plantear la cuestión de la insatisfacción intelectual que la danza me invoca, yo misma soy defensora de ese dualismo al que tanto me opongo. Inconscientemente, he desde siempre separado en la danza al cuerpo del alma, considerándola como un medio de expresión, pero de meros sentimientos y emociones, mientras que he dejado en manos de lo académico el cultivo de mi espíritu, de mi consciencia. Me pregunto entonces si esta contradicción interna se debe a un tonto prejuicio que como tal no podría justificar en términos racionales, o bien responde precisamente al hecho de haberme encontrado desde mis inicios como bailarina en un mundo enajenado que ya no sabe ni quiere saber de qué se trata verdaderamente esto que se ha dado en llamar danza.
Reconozco las dificultades con las que como proletarios dancísticos tendremos que enfrentarnos para poder finalmente explotar el abanico de posibilidades que la danza ofrece. Empero, considero de una importancia cabal haber al menos tomado consciencia de que formo parte de un mundo que no es tan superficial como creía. Claro que el cambio no será sencillo; tomando las palabras de H.Marcuse, se tratará de “un baile sobre un volcán”#.